La falta de fe es perder de vista el horizonte que hace posible la transformación de nuestros impulsos destructivos en amor y, con ello, la capacidad de reconocer y de respetar al otro como lo que realmente es. Cuando el miedo y la falta de confianza nos hacen perder de vista dicho horizonte, dejamos de ser dueños de nosotros mismos y de nuestras acciones, perdiendo así también nuestra libertad y la posibilidad de realizar lo mejor de nosotros mismos: nos volvemos ciegos, esclavos y mezquinos, y lo peor de la condición humana se manifiesta en nosotros.
Este es un espacio para compartir escritos breves, reflexiones, testimonios de experiencias vividas, relatos o incluso algún poema ocasional... A este blog lo acompañará otro de la misma autora titulado "Pensar con otros", destinado a textos que, a diferencia de lo que sucede aquí, nacen de la lectura de otros textos o del visionado de películas o exposiciones. BLOG PROTEGIDO POR COPYRIGHT.
martes, 19 de mayo de 2015
martes, 12 de mayo de 2015
Un águila en la ventana
Leonardo
habitaba en un pueblo lejos de la ciudad donde tenía un trabajo anodino. Todas
las mañanas, de camino a la oficina, compraba el diario antes de tomar el metro
que leía lentamente mientras el enorme monstruo subterráneo atravesaba la
ciudad hasta el centro. Antes de entrar en la oficina acostumbraba a tomar un
café en la granja que estaba debajo del edificio de piedra en el que pocos
minutos después se introducía y donde transcurrían largas y aburridas jornadas.
Aquel
era el último día de trabajo antes de las vacaciones de navidad. Entró en el
despacho, depositó el maletín encima de la silla y se sentó frente al
ordenador. Consultó el correo como cada día y de pronto algo llamó su atención.
Le pareció escuchar que alguien golpeaba la ventana. Se levantó, se aproximó al
estrecho ventanal que daba a la Gran Vía y contempló los coches pasando por
debajo a gran velocidad. El cielo era de un color gris plomizo. Extrañado al
comprobar que el ruido habría sido probablemente producto de su imaginación,
Leonardo volvió al ordenador y continuó con su trabajo.
“¡¡Boom!!”,
se escuchó de repente.
El
extraño sonido parecía en efecto proceder de la ventana. Pero al mirar de nuevo
hacia ella, no le pareció percibir anomalía alguna. Solamente al cabo de un
rato aquel misterioso golpe regresó.
Algo
inquieto, Leonardo decidió permanecer un rato junto a la ventana. Miró de nuevo
a la calle y al incesante ir y venir de los automóviles. Pasaron unos minutos.
Detrás de las nubes plateadas se intuyó un tenue rayo de sol. El astro le
pareció de pronto un foco que buscaba alumbrarlo traspasando la espesura del
nubarrón.
“¡¡Boom!!”
En aquel
momento un extraño cuerpo de color negro chocó contra el cristal de la ventana
y desapareció. Volvieron a transcurrir unos minutos, hasta que la insólita
criatura volvió a embestir contra el cristal que entonces se quebró y estalló
en mil pedazos.
Sobre el
suelo de la oficina, entre los miles de cristales partidos, Leonardo reconoció
lo que parecía ser una suerte de cuervo o aguilucho ensangrentado. Tenía un ala
partida por la brutalidad del golpe y apenas si se podía mover. Era
sorprendente el tamaño de aquella ave recién aparecida, que atravesó con una
mirada, en que se reflejaba el dolor, las pupilas de Leonardo. No daba crédito
a lo que tenía ante sí. Se acercó un poco más para ver con detenimiento de qué
se trataba, y reconoció en él a un águila, como las que en alguna ocasión había
visto en las montañas. ¿Cómo habría llegado hasta allí?
Aquel
día Leonardo decidió abandonar antes su trabajo en la oficina. Envolvió en una
tela blanca, que enseguida se tiñó de rojo intenso, al pobre pájaro negro. No
quiso avisar al veterinario. Tomó una caja de cartón del almacén de la oficina
y lo colocó suavemente en su interior.
Las
calles y el metro a aquella hora estaban relativamente tranquilos. Pudo tomar
asiento en un tren que habría de conducirlo de nuevo al pueblo donde vivía. Su
casa estaba en un lugar algo apartado entre los árboles. El suelo era de madera
y en el salón que hacía de entrada –era una casa pequeña pero acogedora—había
una vieja chimenea. Depositó la caja de cartón junto a ella y se dispuso a
encender el fuego. El pájaro se movía inquieto dentro de la caja por el dolor.
En el botiquín había alcohol, algodones y algunas vendas que tomó y con los que
logró realizar una suerte de cura. El pájaro yacía tembloroso en el interior de
la caja y a pesar de su color negro azabache algunas plumas de un marrón claro
rodeaban un cuello que Leonardo imaginó majestuoso en pleno vuelo. Pero el ave
seguía sangrando y gemía de dolor.
Transcurrieron
las horas. Poco a poco el día fue dando paso a la oscuridad y el cielo se tiñó
de azul eléctrico en el momento en que el sol se ocultaba tras las montañas.
Quedaban todavía algunas brasas encendidas en la chimenea pero al suave
crepitar de la madera lo envolvía un inmenso silencio. Poco a poco, llegó el
cansancio. El pájaro gemía suavemente de vez cuando y Leonardo dejó que
lentamente se cerraran sus párpados.
A la
mañana siguiente el pájaro había desaparecido del salón. Quedaban algunos
rastros de sangre esparcidos por la alfombra, algunos restos de plumas negras,
también. Leonardo siguió el rastro de la sangre que llegaba hasta la chimenea.
¿Habrá alcanzado las brasas hasta consumirse en ellas? Pensó. Pero no le
pareció algo plausible.
Pasó el
invierno y Leonardo olvidó, aunque no del todo, el extraño encuentro con el
aguilucho en la víspera de navidad.
Un día
de primavera, Leonardo yacía paseando por un camino de campo. El viento agitaba
la yerba verde que había crecido fuerte y vigorosa debido a las lluvias
torrenciales del año. Se dirigía al pueblo vecino donde acostumbraba a buscar
leña, que almacenaba y guardaba para el invierno siguiente. Permaneció en aquel
pueblo hasta pasado el atardecer. Cuando regresaba a su casa, a pie, por aquel
mismo camino, era prácticamente noche cerrada. Comenzaron a escucharse algunos
grillos, también podía observarse de pronto el vuelo ocasional de un murciélago.
Prácticamente no había luna aquella noche, por lo que el camino era particularmente
oscuro, y se veían las estrellas con mucha más intensidad de lo que era
habitual. Su casa no estaba lejos.
De
pronto, a mitad de camino, le pareció escuchar un sonido remoto, como un aleteo,
y se detuvo. Algo, una cierta claridad, le sorprendió por detrás de los árboles
del bosque situado en una de las laderas de una de las pequeñas montañas que
había a lado y lado del camino. Un viento brusco agitó sus cabellos y de
pronto, de un modo por completo inesperado, ¡zas!, una silueta gigantesca rasgó
el cielo y con unas garras de pájaro lo tomó de los hombros y a la velocidad
del rayo se lo llevó.
A la
mañana siguiente no se sabía nada de Leonardo. Solamente alguien oyó decir a un
niño del pueblo que por la noche había visto en el cielo un inmenso pájaro
dorado. Pero nadie le creyó.
Iniciado invierno 2014 / acabado mayo 2015
martes, 21 de abril de 2015
Sulivan
"A l'individu perdu dans le cosmos, --grain de sable sur les plages d'une minuscule planète emportée à la vitesse d'un obus-- plus ou moins ajusté dans les alvéoles des sociétés modernes-- soumis à des nécessités sur lesquelles il se croit sans pouvoir-- tenté de brûler sa vie comme une mèche de lampe ou de se donner des buts auxquels il ne croit pas, -- à cet individu que le monde semble nier, le temps vient que la foi, seule, peut dire: Redresse la tête. Tu existes devant Dieu. Tu comptes plus que les satellites, que l'Ordre, que la Justice même. Tu es libre. A condition cependant que ta foi ne soit pas une recette de sagesse, mais soit vécue dans sa dimension paradoxale."
Dieu au-delà de Dieu, Jean Sulivan
jueves, 16 de abril de 2015
Silencio
Cuando
lentamente la escucha da espacio al silencio, una mirada reposada
y transparente se abre de nuevo al mundo y reconoce que hay un hilo invisible
que armoniza todo lo que se aparece a nuestros sentidos. La percepción de la
luz se vuelve más nítida y el caminar más ligero. Todo deviene objeto de
atención: desde el modo en que colocamos un pie delante del otro al caminar
mientras nuestras huellas se borran tras nuestros pasos, hasta el leve agitarse
de las ramas de un árbol. Como si a través de la atención calmada pudieran
auscultarse los movimientos silenciosos que dan nacimiento a los gestos, las
palabras, la percepción del entorno. Nos damos cuenta de que algo sucede en lo
más insignificante, que aquello que normalmente nos pasa desapercibido merece
ahora toda nuestra consideración.
La
escucha se convierte en una gran pregunta, como se abren de pronto los sentidos
a una realidad que empieza a hablar. Nuestro modo de escuchar esa realidad que
balbuce, se parece al modo en que un recién nacido a su vez empieza a balbucir.
Se hace real en nosotros la conciencia de que no sabemos prácticamente nada, de
que nos movemos en un entorno que nos es por completo desconocido. Y nos habla
un lenguaje nuevo, silencioso, precioso y sutil. No nos dice nada, pero nos
habla sin cesar aunque sus palabras se pierden como un susurro en el viento y
se parecen más bien a una melodía que nace, alcanza nuestro organismo interior
y desaparece. Al mismo tiempo se siente la calidez de la tierra y el fuego en
las entrañas. Como si se tratara del tránsito a una dimensión interior, donde
se manifiesta el fuego que habita siempre, aunque no lo veamos, las
profundidades mismas de la tierra. Imaginamos el interior de un tronco que se
comunica con la tierra a través de sus raíces y absorbe desde allí los
minerales.
Tierra,
tronco, no son elementos separados. Hay una fuerza brutal que los une,
como se unen las raíces con el cielo a través del agua de la lluvia que aquellas
a su vez absorben. Agua, tierra, aire y fuego son manifestaciones de
lo mismo. El aire es lo que alcanzan al fin, libres de la materia, las raíces
transformadas en fruto o flor. El agua comunica a todos ellos, desde la tierra,
hasta las nubes, pasando por la savia que desde las raíces atraviesa el
tronco de arriba abajo y de abajo arriba. El fuego es el elemento central que
funde lo próximo y lo lejano: el sol que arde y da luz pero no quema; el fuego que
habita el interior de la tierra. El aire es un silencio, el agua es un rumor,
el fuego alumbra y da vida a una tierra que late y respira. Silencio, rumor, latido,
respiración, responden a un movimiento único. La savia es la sangre de
un organismo inmenso, incesante, en constante expansión y contracción, crecimiento y decrecimiento, del que apenas si llegamos a conocer la superficie. Hasta que una ola nos alcanza y nos conduce
a su interior. Nos engulle, nos transforma y nos devuelve de nuevo a la
superficie con la mirada nueva, consciente de su ignorancia.
jueves, 9 de abril de 2015
¡Primavera!
Primavera que acudes
rauda por la ventana
y que tiñes de verde
el interior de mi casa.
Llegaste, de repente,
después de un largo invierno
de luchas y de espadas
y con tu suavidad
me acariciaste el alma.
Como el musgo
o la hierba nueva
dotaste de frescura a mis entrañas
y calmaste la sed de tanta espera
en aquella mañana clara.
rauda por la ventana
y que tiñes de verde
el interior de mi casa.
Llegaste, de repente,
después de un largo invierno
de luchas y de espadas
y con tu suavidad
me acariciaste el alma.
Como el musgo
o la hierba nueva
dotaste de frescura a mis entrañas
y calmaste la sed de tanta espera
en aquella mañana clara.
lunes, 6 de abril de 2015
Rasgos
Cuando aquello insignificante
se manifiesta como lo único
que verdaderamente importa.
Cuando un susurro leve
puede volver a disipar las nubes.
Entonces entra de nuevo la luz
a través de una fisura
y el bisturí azul de mis mejillas
recorta la madera
con el agua de la tinta.
Brotan silenciosamente los sueños,
nacen de las heridas,
vierten su líquido dorado
sobre el tiempo
y te miran.
***
Lentos silencios de plata
descienden desde las cumbres .
Ya no es ayer ni mañana.
Sigilosa contemplas la avenida
y cantas a la luna clara.
***
De vez en cuando
la noche
se detiene en la mañana.
Abre las puertas del tiempo
y se calla.
Viaje en tren
Sentada en un media distancia en dirección a Girona recupero
fuerzas y energía, siento un agradecimiento inmenso hacia la vida y recupero
las ganas de escribir. Tengo el privilegio de un ir a un concierto de Lidia
Pujol, a quien admiro por su calidez y valentía. Realizar actos heroicos, pero
hacerlo de un modo justo y sin envanecimiento. Cultivar el pensamiento.
El tren
avanza implacable hacia su destino. Pienso en aquellos primeros trenes que
cogía en los primeros viajes a Alemania. El modo en que abandonaba la estación
de origen, como un barco al salir de la bahía, y se internaba entre bosques y
montañas hasta conducirme a un pueblo perdido. Eran metáforas del pensar. En
aquella soledad y aquella calma sentía de nuevo brotar la vida, el sentido.
Pero aquello, al fin y al cabo, no era en realidad sino un reflejo de una
actitud interior. Actitud de abandono, de aventura y de riesgo. No era
consciente entonces de que no era completamente yo quien elegía. ¿Qué me
llevaba a emprender todos aquellos viajes? No lo he descubierto aún.
Pero ahora,
el tren abandona ya la oscuridad de los túneles y se dirige hacia el exterior.
Pronto alcanzará la luz del día, encontrará un sol que asoma tímido por detrás de
las nubes. El estado de recogimiento y concentración en que ahora me encuentro
me hacen sentir que voy en una dirección precisa, que soy conducida por un
movimiento constante hacia el lugar en que la calma hace desvanecerse las
inquietudes y es posible volver a contemplar los perfiles del horizonte. Voy
tras un anhelo de claridad. Busco esa claridad que en ocasiones se encuentra en
el agua de los ríos, en los árboles del bosque después de la lluvia o en un atardecer
de alta montaña. Pero busco esa claridad como expresión de un paisaje interior,
y la busco sin buscarla. De ahí que pueda sentirme conducida. El estado de
recogimiento al que he sido llevada hace posible una disposición de la atención
que repliega, como se dobla la ropa recién planchada antes de ser introducida
en el armario, las pasiones e inquietudes que enturbian mi visión.
Esa es la única búsqueda, que yo no realizo pero que lentamente se realiza en mí a medida que el tren recorre la distancia. Siento la claridad en forma de aire que tiene su lugar de origen en la frente y alcanza el centro del estómago mientras mis pulmones se ensanchan. Un cosquilleo que recorre el cuerpo de arriba abajo acompañado del sentimiento de contener ya en sí mismo todo lo necesario. Como si, por una vez en la vida, se estuviera preparado. ¿Para qué? Decir la muerte sería una mentira. Quizá habría que decir más bien: la vida.
Esa es la única búsqueda, que yo no realizo pero que lentamente se realiza en mí a medida que el tren recorre la distancia. Siento la claridad en forma de aire que tiene su lugar de origen en la frente y alcanza el centro del estómago mientras mis pulmones se ensanchan. Un cosquilleo que recorre el cuerpo de arriba abajo acompañado del sentimiento de contener ya en sí mismo todo lo necesario. Como si, por una vez en la vida, se estuviera preparado. ¿Para qué? Decir la muerte sería una mentira. Quizá habría que decir más bien: la vida.
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