Este es un espacio para compartir escritos breves, reflexiones, testimonios de experiencias vividas, relatos o incluso algún poema ocasional... A este blog lo acompañará otro de la misma autora titulado "Pensar con otros", destinado a textos que, a diferencia de lo que sucede aquí, nacen de la lectura de otros textos o del visionado de películas o exposiciones. BLOG PROTEGIDO POR COPYRIGHT.
domingo, 19 de octubre de 2014
Al caer la tarde
Si la sombra del jardín
abandona tu silencio
y se abre paso entre el tiempo
esta espada luminosa,
ves emerger la figura
que habita dentro del mármol
sus contornos afilados
que ahora surcan
con sus reflejos dorados
tu transparencia y tu luz.
miércoles, 8 de octubre de 2014
La flor del almendro
Has declinado el recuerdo
en la hoguera de la mañana.
Danzan largas avenidas
bajo un cielo esplendoroso
y mi imagen, tu sonrisa
traza un paisaje en el rostro.
Esperas a que luna
te convoque desde el fondo
pero la calidez del almendro,
la nieve de la avenida,
vuelven tu recuerdo hermoso.
No sempre, quan escrivim, sabem què volem dir, ni a qui o a què ens adrecem. Però de vegades el mateix procés d'escriptura pot ser aquell mapa que ens ajudi a descobrir-ho... Ho esperem!
lunes, 6 de octubre de 2014
Ser fiel
Fidelidad,
acaba la jornada.
Danzan bajo la
lluvia los silencios
y alegres
navegan de noche las palomas.
He soñado que
el horizonte se aplacaba,
que una tregua
transformaba los días
como a veces
transformo en sueños la palabras.
He visto cómo
ardían tus entrañas
al tiempo que
el color de la mañana,
¡cielos!, se reflejaba
en tus pupilas.
Se prolongan
los cantos en invierno
ahora que la
tortuga silenciosa
desenvaina la
espada
mientras un
cántaro de azul plomizo
se disuelve ya
entre las aguas.
Mientras tus
ojos ahora en calma
miran el mar
tras las cortinas
y la luz
cálida de la mañana
se deshace en
tu entraña, como espinas.
sábado, 23 de agosto de 2014
Jordi Savall en Cadaqués
Hay otra manera de mantener la historia viva: la
música. Tenemos la suerte de contar en nuestro país con la presencia del gran
compositor, músico, musicólogo, director e intérprete Jordi Savall, que ha consagrado
casi toda su vida junto a Montserrat Figueras (fallecida de un cáncer
hacer pocos años) a interpretar músicas, algunas desconocidas, otras no
tanto, de la Edad Media, del Barroco, del Renacimiento…
Sentado
frente al altar de la Iclesi de Santa Maria de Cadaqués, sin más acompañamiento
que el de una tenue iluminación sobre su viola de Gamba, Jordi Savall se
permite excepcionalmente hoy improvisar. Después de cada una de las piezas, que
toca como si arrancase de un corte seco y enérgico las notas de las cuerdas del
instrumento, pero limitándose a acariciarlas suavemente, Savall nos explica qué
ha hecho. Nos habla de la pieza que ha tocado, de la afinación necesaria para
cada una de ellas, del hecho de que se dispone a realizar una improvisación.
En el
momento en que empieza (he conseguido entrar en el concierto de puro milagro)
siento enseguida su poderoso magnetismo y noto cómo sin quererlo soy conducida a un estado de concentración
tal que me olvido de mí misma y de las personas que hay entorno. A veces una
música, como un poema, un texto, un paisaje, una palabra dicha en el momento
justo, nos remiten repentinamente a nuestra esencia. De pronto nos damos cuenta
de que estábamos como olvidados de lo que realmente somos, y recordamos, con
una familiaridad sorprendente, aquello que nunca hemos dejado de ser.
Es lo mismo que se experimenta cuando uno se encuentra con un viejo amigo. Algo
en nuestro interior se ablanda, al tiempo que nos estiramos, como si nos
levantásemos de pronto de un extraño letargo.
Escuchamos el sonido del arco sobre las cuerdas y sentimos la madera del instrumento
que crepita, que se abre como un árbol y nos acoge dentro de sí a través de sus
anillos que por fin nos conducen hasta el interior de la tierra desde la que
volvemos a emerger con renovadas fuerzas y una conciencia más lúcida. A partir
de aquel momento sabemos que no podemos sustraernos al hecho de que nos hemos
hecho partícipes de lo que sucede aquí. Que no somos músicos, pero que en la
recepción de esta música que repentinamente se ha abierto a nosotros, nos hemos
transformado a su vez en instrumento que sigue ya unas órdenes precisas, que nos hacen más libres. Y de nuestro propio cuerpo emergen notas y melodías,
nuestro cuerpo que ha abandonado ya su lugar erguido junto a una columna y se
desplaza de un lugar a otro del tiempo y del espacio, en una suerte de danza. ¿Se habrá dado cuenta el compositor de nuestra participación
silenciosa?
De la columna vamos hasta las escaleras donde hay una mesa con CD’s y algún libro, donde leemos Pro Pacem. Allí están todos ellos: Antoni Tàpies, Raimon Panikkar, Fatema Mernissi, Edgar Morin, el propio Savall… Personas ejemplares que por su ejemplaridad, a pesar de hallarnos a millones de años luz de ellas, hacen que sintamos su familiaridad. Personas, humanas y defectuosas como todos, pero universales. Y esa universalidad nos alcanza en un nivel profundo, parece atravesar nuestro ser como un relámpago eléctrico. Somos la cuerda de un arco que ha sido tensado y que se dispone en breve a disparar la flecha que habrá de dar en el centro de una diana invisible. Pero ese centro es inalcanzable y la flecha permanece siempre en suspensión sobre la cuerda tensa. Siguen los movimientos. Los comentarios de Savall entre una pieza y otra parecen indicarnos que nada es arbitrario, y que nuestro movimiento es consecuencia directa de los del arco de la viola de gamba sobre las cuerdas. Pero no oponemos resistencia aun y a pesar de sabernos dirigidos. Hay una firmeza y sequedad en el modo en que las notas suenan. Y esa misma sequedad nos lleva al piso superior de la iglesia, nos mueve a descender de nuevo, a tomar el libro en el que reconocemos muchas lenguas además de las románicas, hebreo, árabe…
De la columna vamos hasta las escaleras donde hay una mesa con CD’s y algún libro, donde leemos Pro Pacem. Allí están todos ellos: Antoni Tàpies, Raimon Panikkar, Fatema Mernissi, Edgar Morin, el propio Savall… Personas ejemplares que por su ejemplaridad, a pesar de hallarnos a millones de años luz de ellas, hacen que sintamos su familiaridad. Personas, humanas y defectuosas como todos, pero universales. Y esa universalidad nos alcanza en un nivel profundo, parece atravesar nuestro ser como un relámpago eléctrico. Somos la cuerda de un arco que ha sido tensado y que se dispone en breve a disparar la flecha que habrá de dar en el centro de una diana invisible. Pero ese centro es inalcanzable y la flecha permanece siempre en suspensión sobre la cuerda tensa. Siguen los movimientos. Los comentarios de Savall entre una pieza y otra parecen indicarnos que nada es arbitrario, y que nuestro movimiento es consecuencia directa de los del arco de la viola de gamba sobre las cuerdas. Pero no oponemos resistencia aun y a pesar de sabernos dirigidos. Hay una firmeza y sequedad en el modo en que las notas suenan. Y esa misma sequedad nos lleva al piso superior de la iglesia, nos mueve a descender de nuevo, a tomar el libro en el que reconocemos muchas lenguas además de las románicas, hebreo, árabe…
Y por fin, ya al final, Savall decide en el segundo bis volver a realizar un pizzicato que nos recuerda con indudable
claridad el momento en que hemos abandonado la columna sobre la que en un principio
nos hemos apoyado y a la que regresamos cerrando así el círculo en señal de
respeto a la armonía. Círculo que habremos de volver a abrir.
La música de Savall es como un canal nuevo que se
aparece para dar respuesta a muchos de nuestros enigmas. A través de la música,
que es casi una liturgia pero de una complejidad mayor, es posible rescatar de
una manera quizá todavía más viva y profunda el mensaje imperecedero de los místicos,
que atraviesa los siglos y escoge a algunos servidores humildes y dispuestos, para sobrevivir, al tiempo que nos da la vida. Perceval, al final, se encuentra
con Savall. Y entre uno y otro, sin que lo sepamos, toda la tradición
trovadoresca.
martes, 8 de julio de 2014
Fragmento de una ascensión al Teide
El Teide es un volcán; corazón de una
isla situada en pleno Oceáno Atlántico, tierra de formas y recovecos
imposibles, fruto de la solidificación de la lava que en el momento repentino
de la erupción atraviesa todas las capas de la tierra y el agua del océano,
hasta emerger en el exterior como una enorme bola de fuego en dirección al
cielo, precipitándose de nuevo al mar que la irá enfriando de nuevo hasta
convertirla, con mano escultórica, en enormes pedazos multiformes que parecen
haber sido desgajados de la tierra. Sus erupciones, al herir y atravesar la
corteza terrestre cuyas raíces invisibles se encuentran sumergidas en las
profundidades del mar, convertirían el líquido ardiente al solidificarse, en
montañas que, reunidas en aquella zona del inmenso Océano, formaron las así
llamadas Islas Afortunadas. Canarias, según supe después, no sería sino el
nombre que se dio a estas islas-volcanes cuando dejaron de pertenecer al
Imperio romano. Más tarde, ya en la Edad Media , llegarían a su costa los normandos,
poco antes de su colonización por parte de los españoles, y llamarían guanches
a sus habitantes; palabra formada por “guan”, que en la lengua originaria de
canarias significa “hombre”, y “anache”, que quiere decir literalmente Isla que
Retumba. Los guanches habrían sido así literalmente para los normandos los
hombres de la isla que retumba.
Pero
lo verdaderamente impresionante de la isla de Tenerife era el hecho de que se
podían ver, al desplazarse por su superficie, los distintos estratos temporales
que la habían ido conformando, de erupción en erupción. Así, al llegar a una
parte considerablemente elevada del Teide, sorprendía encontrarse con unas enormes
piedras de color negro con forma de huevo que habían permanecido en la ladera,
de una fina arena blanca, cuyo color revelaba una tierra-lava muy anterior a la
de la enorme lengua negra que se extendía, magnífica y fabulosa a un tiempo,
sobre su parte más elevada, como una suerte de monstruo que hubiera caído
rendido, tras una interminable batalla, sobre su superficie. Más tarde supe que
aquellos inmensos pedazos de roca negra eran producto de la lava que se había
dispersado durante la última erupción, y habían quedado alejados y desgajados
de su origen. Su forma ahuevada no parecía tener explicación, pero fácilmente
podría haberse creído que se trataba de los fósiles de huevos de algún animal
gigantesco, tal vez alado, y ya desde tiempos remotos en extinción. Sorprendía
ver esos pedazos inmensos de piedra negra ahuevada sobre la arena blanca de la
ladera, a lado y lado del camino, entre las piedras de lava rojiza y
amarillenta entre las que se veía crecer, de vez en cuando, algún arbusto. Más
tarde supe también que solían crecer por esa zona las llamadas flores de
violeta, unas hermosas flores muy pequeñas, de ese mismo color, cuya fragilidad
hacía que pareciera prácticamente imposible su existencia en aquel lugar. Pero
allí, en medio de la aridez de lava negra, crecían sobreviviendo también ellas
al paso del tiempo.
Había
recorrido ya un largo trayecto hasta alcanzar la zona en la que se extendían
los múltiples huevos negros. Poco después, si se seguía avanzando por el mismo
camino, se llegaba a una enorme pendiente pedregosa que según supe más tarde
conducía a un refugio, y a la que regresaría después. Ese era el camino que
debía tomarse si se quería llegar arriba del todo, pero consciente de la hora
tardía y de que el último bus que habría de devolverme a la Orotava no tardaría
en salir, tomé un pequeño desvío en vez de aventurarme a escalar por la
pendiente pedregosa que configuraba el último tramo hasta la cima. A su lado
había también un caminito perfectamente delimitado por piedras, muy estrecho, al
final del cual se llegaba al culmen de ese tramo del Teide, al que llamaban la
Montaña Blanca. El caminito conducía a una suerte de colina ondulada y, justo
allí en aquel punto, parecía dividirse en dos direcciones opuestas, formando
una suerte de Y que según descubrí al decidirme por uno de los dos tras un
largo titubeo (¡como si mi destino estuviera en juego!) era en realidad el
inicio de un círculo que envolvía el montículo juntándose los dos caminos que
aparentemente formaban una disyuntiva, al otro lado. Y desde allí podían
otearse las montañas multicolores del Teide y del Valle de la Orotava , que se extendían
hacia un horizonte sin fin.
Pues
aquel horizonte no tenía fin. Si algo queda grabado para siempre en la memoria
del viajero que pisa las arenas del Teide es la sensación de estar abocado a un
paisaje infinito, de encontrarse en la cúspide de una duna desértica en medio
de más y más dunas que se extienden hasta más allá de lo que alcanza la vista y
se difuminan entre las nubes detrás de las cuales se deja entrever,
tímidamente, alguna estrella. Allí, al borde de la inmensa duna de piedra, bajo
un cielo descolorido y claro, se tiene la sensación de haber llegado al límite
ilimitado de la tierra donde la fuerza de gravedad empieza a no tener ya
prácticamente ninguna influencia y el cuerpo se sorprende extrañamente poco
capacitado para retenernos. Allí, entre las piedras negruzcas que arden todavía
a pesar del tiempo transcurrido, se siente la infinitud del cielo abierto y la
liviandad de las lavas-nubes con aires extraterrestres que nos recuerdan la
pequeñez de nuestro amable planeta y la escasa evolución de la especie... Y así
permanecí largo rato frente a la nueva extensión de tierra y montaña, hasta el
momento del descenso.
Extraído de De la Selva Negra a la Montaña Blanca, de una servidora (Barcelona, 2008)
viernes, 13 de junio de 2014
Breve reflexión entorno a una gata
A veces, al observar a mi gata, me pregunto si la mirada que
yo tengo sobre ella podría asemejarse a la
mirada que un supuesto dios podría tener sobre mí. Veo su comportamiento, que responde a los movimientos que realizo, y cómo su ser se constituye en parte en
función de lo que le doy y de cómo actúo. Pienso si ella me percibe a mí de un modo semejante a
como yo percibo que me trata, no ya dios, sino la vida: los límites que le pongo,
las puertas que a veces le cierro, los horizontes que inesperadamente le abro…
Siempre me he preguntado por qué motivo tantos filósofos tienen gatos y creo que
solamente ahora, después de dos meses de intensa convivencia con una, atisbo
remotamente por qué. Quizá algunas personas no tengan gatos porque son
filósofas, sino que son filósofas porque tienen gatos.
Mi gata, indudablemente,
me ofrece una nueva perspectiva sobre la realidad y sobre el mundo, sobre el tiempo y
los espacios, sobre el hambre y la sed y las necesidades básicas de la vida; sobre el juego, la velocidad, la ingravidez o la quietud. Sobre lo que supone tener una percepción radicalmente distinta de la existencia. Es una maestra que me enseña
a contemplar filosóficamente la vida,
pues gracias al lazo que establezco con ella, ella me enseña a amarla.
Gracias, Queralt! Y gracias la niña que un buen día en Manresa,
en el momento en que le decía a un amigo: “Necesito quelcom que m’ajudi a
tocar de peus a terra", amablemente me la ofreció.
miércoles, 7 de mayo de 2014
La llegada al lugar
Lady Morgana acababa de llegar al pueblo. Eran poco más de las doce del
mediodía. Las calles vacías deslizaban el sonido amortiguado de las pezuñas de los
caballos que en aquel verano especialmente caluroso arrastraban los carromatos
en dirección al sur. El anciano mayor del pueblo yacía sentado en la terraza
del bar Cucut, situado en una de las plazas más transitadas del lugar, no por
ello menos solitaria que el resto.
Pues era, ciertamente, un lugar desolado. Solamente los campesinos, que
en aquella hora descansaban a la sombra para resguardarse del sol, y algún que
otro trabajador ocasional, dejaban ver sus rostros arrugados en alguna esquina.
Se oía, muy de vez en cuando, el canto de las golondrinas. Y sobre los tejados
caminaban los gatos en equilibrio, como si aquella ley a la que denominamos
fuerza de gravedad fuera inexistente para ellos.
Lady Morgana no sabía todavía exactamente el motivo por el cual el Dr. N.
la había convocado. Había aceptado casi a ciegas el trabajo movida por una
corazonada, ajena a toda razón: creía que aquel iba a ser el lugar en el que se
realizaran definitivamente sus sueños. Sueños, muchos de los cuales aún
desconocía, pero que ansiaba despertar lentamente de su largo letargo. Tenía
una sola certeza: la de haber soñado aquel lugar con anterioridad, incluso
antes de saber de su existencia. Lo reconoció de inmediato el primer día que
llegó. El verde de los prados, el riachuelo, la inconfundible luz. Era un lugar
con el que había soñado en más de una ocasión cuando, en noches a veces
agitadas, alcanzaba de pronto, al final de oscuras y tortuosas sendas, un lugar
tranquilo y solitario en el que el sufrimiento se desvanecía por fin. En ese
entorno privilegiado se hallaba entonces aquel pueblo, y esperaba alcanzar allí
(también había contemplado la opción del monasterio) aquella paz profunda y
durante tanto tiempo anhelada, un sosiego para su alma más allá del tiempo y
del quehacer mundano, sin por ello sentir que debiera renunciar a él. Se creía
conocedora, aunque no fuera más que por un conocimiento intuitivo, de un estado
luminoso más allá de toda tribulación, que necesitaba tan sólo del tiempo y del
espacio necesarios para realizarse, para alcanzar una cumbre en la que permanecer
ya por siempre sin retorno, no sin antes descender para ayudar a cuantos
pudiera en su ascenso.
Pero antes de toda acción o ayuda
a otros era necesario, ante todo, el despojamiento completo de sí. De todo
cuanto había sido, era o anhelaba ser. Era necesario el total abandono del
deseo, de la intención, sin esperar nada a cambio, tan sólo mantenerse en un
estado de receptividad que lentamente, y sin que ella lo supiera, la iría conduciendo
hacia aquella cumbre insospechada en la que ya no había más que la extensión verde
infinita de los prados, la copa de un árbol desnudo recortándose sobre el
cielo, el cielo límpido sobre su cabeza, ajeno totalmente al clamor del mundo,
de sus penas y sufrimientos, de sus resistencias y desgarros. Solamente esa limpidez
del aire de montaña, y la conciencia de que es posible la realización en sí
misma de una libertad más allá todo cuanto podamos imaginarnos.
Lo que no sabía es que aquel estado de beatitud y transparencia era tan
sólo el comienzo. No era la cumbre o el final de un largo periplo iniciado,
sino el comienzo de un periplo interminable, mucho mayor, que ni siquiera el
Dr. N. sabía con plena certeza adonde conducía. Pero él estaba al menos allí
para darle algunas directrices esenciales. Lo primero que habría de preguntarle
era si aquello era fruto de la mera percepción, es decir, si se trataba de algo
puramente subjetivo, o si por el contrario era un estado real, que iba más allá
de sí misma y que podía en efecto tener reverberaciones o consecuencias sobre
el resto de la humanidad. ¿Era un mero capricho de una mente llena de sí misma
que imaginaba una escapatoria al mundo vil, o se trataba por el contrario del
reconocimiento o la intuición de un estado muy anterior o incluso ajeno a todo
espacio y lugar concretos? ¿Encontraba dicho espacio luminoso su lugar en el
mundo? ¿Llegaba, por así decirlo, aquella calidez transparente a alumbrar las
almas de los seres afligidos por participación, o era simplemente un placer
ególatra y egoísta que se alimentaba de sí mismo dando la espalda, de nuevo, a
la realidad? Eran preguntas cruciales. Tal vez demasiado vagas, pero que le
preocupaban, en cualquier caso, lo suficiente como para sentir que en sí misma
ardía un fuego que solamente una vez formuladas las preguntas podría tal vez
apaciguarse.
No había venido allí por un mero capricho de la conciencia o a modo de entretenimiento.
Su llegada al lugar era fruto de años de lucha, sufrimientos y búsqueda. No
había un motivo especial, pero tampoco era del todo arbitrario. ¿Por qué razón
podía de pronto gozar de aquella placidez sin nombre, de aquella libertad
interior que le llevaban incluso a creer que no había distinción entre la salud
y la enfermedad, o entre la vida y la muerte? Era como estar en otra parte pero
estando aquí, al mismo tiempo mucho más presente aquí que en otras ocasiones,
pero también más ajena al rumor distorsionante de la realidad rutinaria en la
que la mayoría habitábamos.
Recordaba inevitablemente la escritura que ella misma realizara muchos
años atrás de un relato. Un relato escrito con tan sólo 12 años de edad en el
que se hablaba de la posibilidad de fusionar dos mundos aparentemente
separados, el de la realidad y el de la fantasía, fusión que se realizaba
mediante el proceso mismo de la escritura, a través del cual quien escribía hacía
crecer entorno a sí una inmensa burbuja capaz de englobar a todos los seres.
Habían transcurrido sin embargo muchos años desde que escribiera aquel texto y
tenía la impresión de no haber realizado grandes progresos. Después de escribirlo
se había abandonado a la noche y al vicio, arrastrada por una curiosidad insana,
deseosa de conocer el lado más oscuro de la vida. Solamente muy poco a poco
había ido logrando dejar todas aquellas tendencias destructivas atrás y poco a
poco había ido trazando un sendero más luminoso. Pero siempre desde una cierta
soledad y aislamiento.
Lo que no lograba comprender es cómo aquello podía ser el comienzo. Le
parecía haberlo alcanzado todo y, sin embargo, todavía no había sido capaz de
dar el primer paso para realizar el recorrido. Abandonaba todo y se sentía en
cierto modo traicionando mucho de lo que hasta entonces le había ayudado a
encontrarse donde ahora estaba. Pero era una corazonada, una intuición mayor
que a pesar de ir en dirección contraria a todo cuanto los demás le decían, se
le aparecía con insospechada claridad. No quería caminar por el mismo camino ni
seguir los pasos de sus coetáneos. Se sentía en comunión con ellos, pero
consideraba necesario explorar nuevas vías, transitar tierras vírgenes; lo que,
en efecto, no estaba exento de cierto riesgo o peligro. Además del peligro de
extraviarse, estaba el peligro del aislamiento, la marginación o la locura.
¿Era necesario pasar por allí? No lo era en la medida en que ella sentía en su
fuero interno estar cumpliendo con su deber. Pero existía el riesgo del engaño,
y en ese sentido ella no creía tener suficiente conocimiento de sí como para no
caer presa de él. Por ello tenía depositada su confianza en el Dr. N. cuya
experiencia podría probablemente ayudarla a liberarse de sus propias trampas.
Pero, ¿que había de la contemplación de cuanto sucedía entorno? Era
importante el conocimiento de sí, pero éste en modo alguno estaba separado de
la visión del mundo circundante, solamente posible en la medida en que no
hubiera proyecciones de ningún tipo. ¿Era capaz de ver y de comprender la
situación de su país? ¿Veía el sufrimiento de su vecino? ¿Se hacía cargo del
dolor por el que pasaba un amigo cercano? Aquella era en realidad la verdadera
tarea a realizar, ese era el comienzo del camino. La plenitud, el éxtasis, la
libertad, ¿qué eran si no era siquiera capaz de comprender y acoger lo más
cercano, de conocer su propia condición no como ajena sino como parte
integrante de sí? No quería mirar el mundo desde el filtro de las teorías y,
con todo, una cierta teoría (en el sentido del griego theoreo, que
significa “mirar”) era necesaria para que pudiera situarse en el lugar, para
que su acción pudiera llevarse a término de un modo efectivo. Si su ascensión a
la montaña solamente le servía para palpar el cielo y las nubes pero no era
capaz a través de ella de vislumbrar la realidad que desde aquella distancia
habría debido manifestársele con mayor claridad y de un modo concreto, ¿qué
sentido tenían todas aquellas elevaciones? Tal vez esta pudiera ser una de las
respuestas que el Dr. N iba a proporcionarle. No se trataba tanto de alcanzar
el cenit o una plenitud inenarrable más allá del mundo, sino de ver todo
aquello concreto que necesariamente debía cobrar una forma distinta.
Tal vez fuera posible desde aquella altura configurar nuevas formas. Tal
vez la intensidad y concentración de aquellos estados pudieran proporcionarle
la materia suficiente como para realizar un trabajo tangible sin necesidad de
acción social o política de ningún tipo. Se trataba de imprimir una huella en
el mundo visible desde la superación de las formas, desde la habitación de
aquello invisible donde no quedaban más que el empíreo y el vuelo. Y ese vuelo
que le proporcionaba la lucidez del águila, era el momento en que se le ofrecía
la posibilidad de visualizar el mapa actual de su vida, desde el que poder
contemplar el lugar donde entonces se hallaba y con mayor claridad comprender
cuál era el mejor paso a seguir. Pero también es cierto que, como ya antaño le
ocurriera con la redacción de aquel relato, la palabra cobraba en aquel proceso
una importancia crucial. Era el camino mismo que la conducía a la visión, era
el camino que atravesaba la montaña y sin el cual no era posible ni la
elevación de todo el cuerpo hasta alcanzar la visión desde lo alto, ni la observación
desde aquella altura de los elementos concretos que quería modificar. Y aquí
quizá más que de elementos cabría hablar de relaciones. Veía la situación de
sus relaciones desde fuera, todo aquello que las obstaculizaba, las entorpecía
o enturbiaba, imposibilitando así la necesaria armonía, más acorde con lo que los cristianos llaman Dios.
En eso consistía el trabajo. Trabajo que nadie podría realizar más que ella
misma. Era su sola responsabilidad. Su sola y única.
El primer paso consistía en superar su temor a las sombras, debía
aprender a no rechazarlas de inmediato, como si no existieran, pues ese era el
origen principal del engaño. Solamente desde la aceptación de los rincones más
oscuros de sí misma, podría tal vez afianzarse en una luz cada vez más
verdadera, lo que pasaba, en primer lugar, por la suspensión de todo juicio. Lo
primero que convenía practicar era la observación. Observarse a sí mismo,
primero, observar cuanto sucedía alrededor, de un modo casi simultáneo. Y
encontrar un equilibrio entre estos dos modos observación.
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