domingo, 19 de octubre de 2014

Al caer la tarde


Si la sombra del jardín
abandona tu silencio
y se abre paso entre el tiempo
esta espada luminosa,
ves emerger la figura
que habita dentro del mármol
sus contornos afilados
que ahora surcan
con sus reflejos dorados
tu transparencia y tu luz.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La flor del almendro


Has declinado el recuerdo
en la hoguera de la mañana.

Danzan largas avenidas
bajo un cielo esplendoroso
y mi imagen, tu sonrisa
traza un paisaje en el rostro.

Esperas a que luna
te convoque desde el fondo
pero la calidez del almendro,
la nieve de la avenida,
vuelven tu recuerdo hermoso.


No sempre, quan escrivim, sabem què volem dir, ni a qui o a què ens adrecem. Però de vegades el mateix procés d'escriptura pot ser aquell mapa que ens ajudi a descobrir-ho... Ho esperem!

lunes, 6 de octubre de 2014

Ser fiel



Fidelidad, acaba la jornada.
Danzan bajo la lluvia los silencios
y alegres navegan de noche las palomas.

He soñado que el horizonte se aplacaba,
que una tregua transformaba los días
como a veces transformo en sueños la palabras.

He visto cómo ardían tus entrañas
al tiempo que el color de la mañana,
¡cielos!, se reflejaba en tus pupilas.

Se prolongan los cantos en invierno
ahora que la tortuga silenciosa
desenvaina la espada
mientras un cántaro de azul plomizo
se disuelve ya entre las aguas.

Mientras tus ojos ahora en calma
miran el mar tras las cortinas
y la luz cálida de la mañana
se deshace en tu entraña, como espinas. 

sábado, 23 de agosto de 2014

Jordi Savall en Cadaqués


Hay otra manera de mantener la historia viva: la música. Tenemos la suerte de contar en nuestro país con la presencia del gran compositor, músico, musicólogo, director e intérprete Jordi Savall, que ha consagrado casi toda su vida junto a Montserrat Figueras (fallecida de un cáncer hacer pocos años) a interpretar músicas, algunas desconocidas, otras no tanto, de la Edad Media, del Barroco, del Renacimiento…
 Sentado frente al altar de la Iclesi de Santa Maria de Cadaqués, sin más acompañamiento que el de una tenue iluminación sobre su viola de Gamba, Jordi Savall se permite excepcionalmente hoy improvisar. Después de cada una de las piezas, que toca como si arrancase de un corte seco y enérgico las notas de las cuerdas del instrumento, pero limitándose a acariciarlas suavemente, Savall nos explica qué ha hecho. Nos habla de la pieza que ha tocado, de la afinación necesaria para cada una de ellas, del hecho de que se dispone a realizar una improvisación. 
En el momento en que empieza (he conseguido entrar en el concierto de puro milagro) siento enseguida su poderoso magnetismo y noto cómo sin quererlo soy conducida a un estado de concentración tal que me olvido de mí misma y de las personas que hay entorno. A veces una música, como un poema, un texto, un paisaje, una palabra dicha en el momento justo, nos remiten repentinamente a nuestra esencia. De pronto nos damos cuenta de que estábamos como olvidados de lo que realmente somos, y recordamos, con una familiaridad sorprendente, aquello que nunca hemos dejado de ser. Es lo mismo que se experimenta cuando uno se encuentra con un viejo amigo. Algo en nuestro interior se ablanda, al tiempo que nos estiramos, como si nos levantásemos de pronto de un extraño letargo. Escuchamos el sonido del arco sobre las cuerdas y sentimos la madera del instrumento que crepita, que se abre como un árbol y nos acoge dentro de sí a través de sus anillos que por fin nos conducen hasta el interior de la tierra desde la que volvemos a emerger con renovadas fuerzas y una conciencia más lúcida. A partir de aquel momento sabemos que no podemos sustraernos al hecho de que nos hemos hecho partícipes de lo que sucede aquí. Que no somos músicos, pero que en la recepción de esta música que repentinamente se ha abierto a nosotros, nos hemos transformado a su vez en instrumento que sigue ya unas órdenes precisas, que nos hacen más libres. Y de nuestro propio cuerpo emergen notas y melodías, nuestro cuerpo que ha abandonado ya su lugar erguido junto a una columna y se desplaza de un lugar a otro del tiempo y del espacio, en una suerte de danza. ¿Se habrá dado cuenta el compositor de nuestra participación silenciosa?
   De la columna vamos hasta las escaleras donde hay una mesa con CD’s y algún libro, donde leemos Pro Pacem. Allí están todos ellos: Antoni Tàpies, Raimon Panikkar, Fatema Mernissi, Edgar Morin, el propio Savall… Personas ejemplares que por su ejemplaridad, a pesar de hallarnos a millones de años luz de ellas, hacen que sintamos su familiaridad. Personas, humanas y defectuosas como todos, pero universales. Y esa universalidad nos alcanza en un nivel profundo, parece atravesar nuestro ser como un relámpago eléctrico. Somos la cuerda de un arco que ha sido tensado y que se dispone en breve a disparar la flecha que habrá de dar en el centro de una diana invisible. Pero ese centro es inalcanzable y la flecha permanece siempre en suspensión sobre la cuerda tensa. Siguen los movimientos. Los comentarios de Savall entre una pieza y otra parecen indicarnos que nada es arbitrario, y que nuestro movimiento es consecuencia directa de los del arco de la viola de gamba sobre las cuerdas. Pero no oponemos resistencia aun y a pesar de sabernos dirigidos.  Hay una firmeza y sequedad en el modo en que las notas suenan. Y esa misma sequedad nos lleva al piso superior de la iglesia, nos mueve a descender de nuevo, a tomar el libro en el que reconocemos muchas lenguas además de las románicas, hebreo, árabe…
Y por fin, ya al final, Savall decide en el segundo bis volver a realizar un pizzicato que nos recuerda con indudable claridad el momento en que hemos abandonado la columna sobre la que en un principio nos hemos apoyado y a la que regresamos cerrando así el círculo en señal de respeto a la armonía. Círculo que habremos de volver a abrir. 


La música de Savall es como un canal nuevo que se aparece para dar respuesta a muchos de nuestros enigmas. A través de la música, que es casi una liturgia pero de una complejidad mayor, es posible rescatar de una manera quizá todavía más viva y profunda el mensaje imperecedero de los místicos, que atraviesa los siglos y escoge a algunos servidores humildes y dispuestos, para sobrevivir, al tiempo que nos da la vida. Perceval, al final, se encuentra con Savall. Y entre uno y otro, sin que lo sepamos, toda la tradición trovadoresca. 

martes, 8 de julio de 2014

Fragmento de una ascensión al Teide

        El Teide es un volcán; corazón de una isla situada en pleno Oceáno Atlántico, tierra de formas y recovecos imposibles, fruto de la solidificación de la lava que en el momento repentino de la erupción atraviesa todas las capas de la tierra y el agua del océano, hasta emerger en el exterior como una enorme bola de fuego en dirección al cielo, precipitándose de nuevo al mar que la irá enfriando de nuevo hasta convertirla, con mano escultórica, en enormes pedazos multiformes que parecen haber sido desgajados de la tierra. Sus erupciones, al herir y atravesar la corteza terrestre cuyas raíces invisibles se encuentran sumergidas en las profundidades del mar, convertirían el líquido ardiente al solidificarse, en montañas que, reunidas en aquella zona del inmenso Océano, formaron las así llamadas Islas Afortunadas. Canarias, según supe después, no sería sino el nombre que se dio a estas islas-volcanes cuando dejaron de pertenecer al Imperio romano. Más tarde, ya en la Edad Media, llegarían a su costa los normandos, poco antes de su colonización por parte de los españoles, y llamarían guanches a sus habitantes; palabra formada por “guan”, que en la lengua originaria de canarias significa “hombre”, y “anache”, que quiere decir literalmente Isla que Retumba. Los guanches habrían sido así literalmente para los normandos los hombres de la isla que retumba.
            Pero lo verdaderamente impresionante de la isla de Tenerife era el hecho de que se podían ver, al desplazarse por su superficie, los distintos estratos temporales que la habían ido conformando, de erupción en erupción. Así, al llegar a una parte considerablemente elevada del Teide, sorprendía encontrarse con unas enormes piedras de color negro con forma de huevo que habían permanecido en la ladera, de una fina arena blanca, cuyo color revelaba una tierra-lava muy anterior a la de la enorme lengua negra que se extendía, magnífica y fabulosa a un tiempo, sobre su parte más elevada, como una suerte de monstruo que hubiera caído rendido, tras una interminable batalla, sobre su superficie. Más tarde supe que aquellos inmensos pedazos de roca negra eran producto de la lava que se había dispersado durante la última erupción, y habían quedado alejados y desgajados de su origen. Su forma ahuevada no parecía tener explicación, pero fácilmente podría haberse creído que se trataba de los fósiles de huevos de algún animal gigantesco, tal vez alado, y ya desde tiempos remotos en extinción. Sorprendía ver esos pedazos inmensos de piedra negra ahuevada sobre la arena blanca de la ladera, a lado y lado del camino, entre las piedras de lava rojiza y amarillenta entre las que se veía crecer, de vez en cuando, algún arbusto. Más tarde supe también que solían crecer por esa zona las llamadas flores de violeta, unas hermosas flores muy pequeñas, de ese mismo color, cuya fragilidad hacía que pareciera prácticamente imposible su existencia en aquel lugar. Pero allí, en medio de la aridez de lava negra, crecían sobreviviendo también ellas al paso del tiempo.
            Había recorrido ya un largo trayecto hasta alcanzar la zona en la que se extendían los múltiples huevos negros. Poco después, si se seguía avanzando por el mismo camino, se llegaba a una enorme pendiente pedregosa que según supe más tarde conducía a un refugio, y a la que regresaría después. Ese era el camino que debía tomarse si se quería llegar arriba del todo, pero consciente de la hora tardía y de que el último bus que habría de devolverme a la Orotava no tardaría en salir, tomé un pequeño desvío en vez de aventurarme a escalar por la pendiente pedregosa que configuraba el último tramo hasta la cima. A su lado había también un caminito perfectamente delimitado por piedras, muy estrecho, al final del cual se llegaba al culmen de ese tramo del Teide, al que llamaban la Montaña Blanca. El caminito conducía a una suerte de colina ondulada y, justo allí en aquel punto, parecía dividirse en dos direcciones opuestas, formando una suerte de Y que según descubrí al decidirme por uno de los dos tras un largo titubeo (¡como si mi destino estuviera en juego!) era en realidad el inicio de un círculo que envolvía el montículo juntándose los dos caminos que aparentemente formaban una disyuntiva, al otro lado. Y desde allí podían otearse las montañas multicolores del Teide y del Valle de la Orotava, que se extendían hacia un horizonte sin fin.

            Pues aquel horizonte no tenía fin. Si algo queda grabado para siempre en la memoria del viajero que pisa las arenas del Teide es la sensación de estar abocado a un paisaje infinito, de encontrarse en la cúspide de una duna desértica en medio de más y más dunas que se extienden hasta más allá de lo que alcanza la vista y se difuminan entre las nubes detrás de las cuales se deja entrever, tímidamente, alguna estrella. Allí, al borde de la inmensa duna de piedra, bajo un cielo descolorido y claro, se tiene la sensación de haber llegado al límite ilimitado de la tierra donde la fuerza de gravedad empieza a no tener ya prácticamente ninguna influencia y el cuerpo se sorprende extrañamente poco capacitado para retenernos. Allí, entre las piedras negruzcas que arden todavía a pesar del tiempo transcurrido, se siente la infinitud del cielo abierto y la liviandad de las lavas-nubes con aires extraterrestres que nos recuerdan la pequeñez de nuestro amable planeta y la escasa evolución de la especie... Y así permanecí largo rato frente a la nueva extensión de tierra y montaña, hasta el momento del descenso.

Extraído de De la Selva Negra a la Montaña Blanca, de una servidora (Barcelona, 2008)

viernes, 13 de junio de 2014

Breve reflexión entorno a una gata

     A veces, al observar a mi gata, me pregunto si la mirada que yo tengo sobre ella podría asemejarse a la  mirada que un supuesto dios podría tener sobre mí. Veo su comportamiento, que responde a los movimientos que realizo, y cómo su ser se constituye en parte en función de lo que le doy y de cómo actúo. Pienso si ella me percibe a mí de un modo semejante a como yo percibo que me trata, no ya dios, sino la vida: los límites que le pongo, las puertas que a veces le cierro, los horizontes que inesperadamente le abro… 
     Siempre me he preguntado por qué motivo tantos filósofos tienen gatos y creo que solamente ahora, después de dos meses de intensa convivencia con una, atisbo remotamente por qué. Quizá algunas personas no tengan gatos porque son filósofas, sino que son filósofas porque tienen gatos.
    Mi gata, indudablemente, me ofrece una nueva perspectiva sobre la realidad y sobre el mundo, sobre el tiempo y los espacios, sobre el hambre y la sed y las necesidades básicas de la vida; sobre el juego, la velocidad, la ingravidez o la quietud. Sobre lo que supone tener una percepción radicalmente distinta de la existencia. Es una maestra que me enseña a contemplar filosóficamente la vida,  pues gracias al lazo que establezco con ella, ella me enseña a amarla.


    Gracias, Queralt! Y gracias la niña que un buen día en Manresa, en el momento en que le decía a un amigo: “Necesito quelcom que m’ajudi a tocar de peus a terra", amablemente me la ofreció.




miércoles, 7 de mayo de 2014

La llegada al lugar



Lady Morgana acababa de llegar al pueblo. Eran poco más de las doce del mediodía. Las calles vacías deslizaban el sonido amortiguado de las pezuñas de los caballos que en aquel verano especialmente caluroso arrastraban los carromatos en dirección al sur. El anciano mayor del pueblo yacía sentado en la terraza del bar Cucut, situado en una de las plazas más transitadas del lugar, no por ello menos solitaria que el resto.
Pues era, ciertamente, un lugar desolado. Solamente los campesinos, que en aquella hora descansaban a la sombra para resguardarse del sol, y algún que otro trabajador ocasional, dejaban ver sus rostros arrugados en alguna esquina. Se oía, muy de vez en cuando, el canto de las golondrinas. Y sobre los tejados caminaban los gatos en equilibrio, como si aquella ley a la que denominamos fuerza de gravedad fuera inexistente para ellos.
Lady Morgana no sabía todavía exactamente el motivo por el cual el Dr. N. la había convocado. Había aceptado casi a ciegas el trabajo movida por una corazonada, ajena a toda razón: creía que aquel iba a ser el lugar en el que se realizaran definitivamente sus sueños. Sueños, muchos de los cuales aún desconocía, pero que ansiaba despertar lentamente de su largo letargo. Tenía una sola certeza: la de haber soñado aquel lugar con anterioridad, incluso antes de saber de su existencia. Lo reconoció de inmediato el primer día que llegó. El verde de los prados, el riachuelo, la inconfundible luz. Era un lugar con el que había soñado en más de una ocasión cuando, en noches a veces agitadas, alcanzaba de pronto, al final de oscuras y tortuosas sendas, un lugar tranquilo y solitario en el que el sufrimiento se desvanecía por fin. En ese entorno privilegiado se hallaba entonces aquel pueblo, y esperaba alcanzar allí (también había contemplado la opción del monasterio) aquella paz profunda y durante tanto tiempo anhelada, un sosiego para su alma más allá del tiempo y del quehacer mundano, sin por ello sentir que debiera renunciar a él. Se creía conocedora, aunque no fuera más que por un conocimiento intuitivo, de un estado luminoso más allá de toda tribulación, que necesitaba tan sólo del tiempo y del espacio necesarios para realizarse, para alcanzar una cumbre en la que permanecer ya por siempre sin retorno, no sin antes descender para ayudar a cuantos pudiera en su ascenso.
 Pero antes de toda acción o ayuda a otros era necesario, ante todo, el despojamiento completo de sí. De todo cuanto había sido, era o anhelaba ser. Era necesario el total abandono del deseo, de la intención, sin esperar nada a cambio, tan sólo mantenerse en un estado de receptividad que lentamente, y sin que ella lo supiera, la iría conduciendo hacia aquella cumbre insospechada en la que ya no había más que la extensión verde infinita de los prados, la copa de un árbol desnudo recortándose sobre el cielo, el cielo límpido sobre su cabeza, ajeno totalmente al clamor del mundo, de sus penas y sufrimientos, de sus resistencias y desgarros. Solamente esa limpidez del aire de montaña, y la conciencia de que es posible la realización en sí misma de una libertad más allá todo cuanto podamos imaginarnos.
Lo que no sabía es que aquel estado de beatitud y transparencia era tan sólo el comienzo. No era la cumbre o el final de un largo periplo iniciado, sino el comienzo de un periplo interminable, mucho mayor, que ni siquiera el Dr. N. sabía con plena certeza adonde conducía. Pero él estaba al menos allí para darle algunas directrices esenciales. Lo primero que habría de preguntarle era si aquello era fruto de la mera percepción, es decir, si se trataba de algo puramente subjetivo, o si por el contrario era un estado real, que iba más allá de sí misma y que podía en efecto tener reverberaciones o consecuencias sobre el resto de la humanidad. ¿Era un mero capricho de una mente llena de sí misma que imaginaba una escapatoria al mundo vil, o se trataba por el contrario del reconocimiento o la intuición de un estado muy anterior o incluso ajeno a todo espacio y lugar concretos? ¿Encontraba dicho espacio luminoso su lugar en el mundo? ¿Llegaba, por así decirlo, aquella calidez transparente a alumbrar las almas de los seres afligidos por participación, o era simplemente un placer ególatra y egoísta que se alimentaba de sí mismo dando la espalda, de nuevo, a la realidad? Eran preguntas cruciales. Tal vez demasiado vagas, pero que le preocupaban, en cualquier caso, lo suficiente como para sentir que en sí misma ardía un fuego que solamente una vez formuladas las preguntas podría tal vez apaciguarse.
No había venido allí por un mero capricho de la conciencia o a modo de entretenimiento. Su llegada al lugar era fruto de años de lucha, sufrimientos y búsqueda. No había un motivo especial, pero tampoco era del todo arbitrario. ¿Por qué razón podía de pronto gozar de aquella placidez sin nombre, de aquella libertad interior que le llevaban incluso a creer que no había distinción entre la salud y la enfermedad, o entre la vida y la muerte? Era como estar en otra parte pero estando aquí, al mismo tiempo mucho más presente aquí que en otras ocasiones, pero también más ajena al rumor distorsionante de la realidad rutinaria en la que la mayoría habitábamos.
Recordaba inevitablemente la escritura que ella misma realizara muchos años atrás de un relato. Un relato escrito con tan sólo 12 años de edad en el que se hablaba de la posibilidad de fusionar dos mundos aparentemente separados, el de la realidad y el de la fantasía, fusión que se realizaba mediante el proceso mismo de la escritura, a través del cual quien escribía hacía crecer entorno a sí una inmensa burbuja capaz de englobar a todos los seres. Habían transcurrido sin embargo muchos años desde que escribiera aquel texto y tenía la impresión de no haber realizado grandes progresos. Después de escribirlo se había abandonado a la noche y al vicio, arrastrada por una curiosidad insana, deseosa de conocer el lado más oscuro de la vida. Solamente muy poco a poco había ido logrando dejar todas aquellas tendencias destructivas atrás y poco a poco había ido trazando un sendero más luminoso. Pero siempre desde una cierta soledad y aislamiento.
Lo que no lograba comprender es cómo aquello podía ser el comienzo. Le parecía haberlo alcanzado todo y, sin embargo, todavía no había sido capaz de dar el primer paso para realizar el recorrido. Abandonaba todo y se sentía en cierto modo traicionando mucho de lo que hasta entonces le había ayudado a encontrarse donde ahora estaba. Pero era una corazonada, una intuición mayor que a pesar de ir en dirección contraria a todo cuanto los demás le decían, se le aparecía con insospechada claridad. No quería caminar por el mismo camino ni seguir los pasos de sus coetáneos. Se sentía en comunión con ellos, pero consideraba necesario explorar nuevas vías, transitar tierras vírgenes; lo que, en efecto, no estaba exento de cierto riesgo o peligro. Además del peligro de extraviarse, estaba el peligro del aislamiento, la marginación o la locura. ¿Era necesario pasar por allí? No lo era en la medida en que ella sentía en su fuero interno estar cumpliendo con su deber. Pero existía el riesgo del engaño, y en ese sentido ella no creía tener suficiente conocimiento de sí como para no caer presa de él. Por ello tenía depositada su confianza en el Dr. N. cuya experiencia podría probablemente ayudarla a liberarse de sus propias trampas.
Pero, ¿que había de la contemplación de cuanto sucedía entorno? Era importante el conocimiento de sí, pero éste en modo alguno estaba separado de la visión del mundo circundante, solamente posible en la medida en que no hubiera proyecciones de ningún tipo. ¿Era capaz de ver y de comprender la situación de su país? ¿Veía el sufrimiento de su vecino? ¿Se hacía cargo del dolor por el que pasaba un amigo cercano? Aquella era en realidad la verdadera tarea a realizar, ese era el comienzo del camino. La plenitud, el éxtasis, la libertad, ¿qué eran si no era siquiera capaz de comprender y acoger lo más cercano, de conocer su propia condición no como ajena sino como parte integrante de sí? No quería mirar el mundo desde el filtro de las teorías y, con todo, una cierta teoría (en el sentido del griego theoreo, que significa “mirar”) era necesaria para que pudiera situarse en el lugar, para que su acción pudiera llevarse a término de un modo efectivo. Si su ascensión a la montaña solamente le servía para palpar el cielo y las nubes pero no era capaz a través de ella de vislumbrar la realidad que desde aquella distancia habría debido manifestársele con mayor claridad y de un modo concreto, ¿qué sentido tenían todas aquellas elevaciones? Tal vez esta pudiera ser una de las respuestas que el Dr. N iba a proporcionarle. No se trataba tanto de alcanzar el cenit o una plenitud inenarrable más allá del mundo, sino de ver todo aquello concreto que necesariamente debía cobrar una forma distinta.
Tal vez fuera posible desde aquella altura configurar nuevas formas. Tal vez la intensidad y concentración de aquellos estados pudieran proporcionarle la materia suficiente como para realizar un trabajo tangible sin necesidad de acción social o política de ningún tipo. Se trataba de imprimir una huella en el mundo visible desde la superación de las formas, desde la habitación de aquello invisible donde no quedaban más que el empíreo y el vuelo. Y ese vuelo que le proporcionaba la lucidez del águila, era el momento en que se le ofrecía la posibilidad de visualizar el mapa actual de su vida, desde el que poder contemplar el lugar donde entonces se hallaba y con mayor claridad comprender cuál era el mejor paso a seguir. Pero también es cierto que, como ya antaño le ocurriera con la redacción de aquel relato, la palabra cobraba en aquel proceso una importancia crucial. Era el camino mismo que la conducía a la visión, era el camino que atravesaba la montaña y sin el cual no era posible ni la elevación de todo el cuerpo hasta alcanzar la visión desde lo alto, ni la observación desde aquella altura de los elementos concretos que quería modificar. Y aquí quizá más que de elementos cabría hablar de relaciones. Veía la situación de sus relaciones desde fuera, todo aquello que las obstaculizaba, las entorpecía o enturbiaba, imposibilitando así la necesaria armonía,  más acorde con lo que los cristianos llaman Dios. En eso consistía el trabajo. Trabajo que nadie podría realizar más que ella misma. Era su sola responsabilidad. Su sola y única.

El primer paso consistía en superar su temor a las sombras, debía aprender a no rechazarlas de inmediato, como si no existieran, pues ese era el origen principal del engaño. Solamente desde la aceptación de los rincones más oscuros de sí misma, podría tal vez afianzarse en una luz cada vez más verdadera, lo que pasaba, en primer lugar, por la suspensión de todo juicio. Lo primero que convenía practicar era la observación. Observarse a sí mismo, primero, observar cuanto sucedía alrededor, de un modo casi simultáneo. Y encontrar un equilibrio entre estos dos modos observación.