viernes, 4 de marzo de 2022

Sin palabras

 


Destrucción.

Muerte.

Destrucción.


Nada lo justifica.

La tierra tiembla

de dolor. 


Ojos sin lágrimas

huyen de las imágenes 

de fuego y heridas.


La historia se repite

sin palabras

sin solución.


Todos miramos 

impotentes 

lo que se avecina.


Noches sin tiempo

y el cielo iluminado

por el ardor, 

por las heridas. 


Con lágrimas y sin palabras

se hace necesario decir,

pronunciar un grito,

estrépito silencioso

y desgarrador.


Muerte y destrucción.


Ansias de poder 

de una mente enferma y fría,

carente de humanidad. 


Sin lágrimas en los ojos

llora el corazón

al ver el frío, 

el abandono

la acogida. 


Humanidad abierta 

en condiciones inhumanas

pero con discriminación.


Somos todos humanos:

blancos, negros y amarillos.


Un silencio que grita

y no calla

aunque su voz se pierda

en el vacío. 

Meditaciones de un soñador errante (contra la violencia)

     
    Viajaba por los lugares del mundo con el corazón abierto. Su respiración se aceleraba cada vez que giraba una esquina, que dejaba atrás una avenida, que una nueva calle se le aparecía. Caminaba por las ciudades del mundo desprovisto de objetivo y con las necesidades materiales justas. Gozaba del placer que le proporcionaba el simple susurrar del viento cuando, con los pies cansados por el trayecto recorrido, se estiraba sobre la yerba de un parque y escuchaba el crujido de las hojas y las voces remotas de los niños. 
     Era domingo y las calles no estaban especialmente vacías. Había logrado dejar atrás el sopor que inundaba los domingos de su infancia en casa de sus abuelos. Ahora no pertenecía a nadie. Se pertenecía a sí mismo y a los espacios, siempre nuevos, que recorría. Contemplaba absorto los troncos enormes de los árboles del parque, cuyas raíces sobresalían de la tierra, y uno podía imaginarse descansando en ellas. ¿Era egoísmo? Tal vez lo fuera, pero no le importaba. Se trataba a toda costa de realizar el propio sueño. Ser fiel a sí mismo. Vivir. 
     Por supuesto, era consciente de que no existía una libertad absoluta. No podemos prescindir de los gobiernos. Nos gobiernan hasta cuando tomamos un café en una cafetería o compramos un billete en el metro. Pero su batalla era distinta. Se trataba de desafiar, no las leyes de los hombres, que no entendía, sino las de la gravedad y las del tiempo. Elevarse por encima de las horas y sobrevolar la hierba de los parques, el asfalto de las carreteras, el polvo de los caminos, la arena de una playa desierta. Saltar por encima de las dunas y atravesar con el corazón las nubes. Entonces realmente lo creía. Creía ser tan libre como un pájaro, duradero como una semilla. 
     Aquella mañana había tenido dos ideas, que no sabía si sería capaz de llevar a cabo. La primera era sencilla. Se le ocurrió convocar una manifestación mundial en contra no tanto del comercio de las armas como de su existencia misma. Una manifestación donde todos los ciudadanos de todas la ciudades y poblaciones del mundo que lo quisieran salieran el mismo día a la misma hora (cada uno según su propio fuso horario) a celebrar con pancartas gigantes que también nosotros tenemos voces, aunque seamos invisibles; y que no somos muchos, sino muchísimos. 
     Tiempo ha había tenido una idea similar que nunca había llevado a cabo: instaurar una Jornada Mundial del Silencio (JoMS) donde también todas las ciudades y poblaciones del mundo, durante un día, no pudieran hacer ruido de ningún tipo: ni coches, ni aviones, ni helicópteros, ni aires acondicionados, ni calefacciones, ni luces. Todo en silencio, de la medianoche a la medianoche siguiente. Naturalmente, eso sí que era imposible. 
      Sin embargo, por primera vez en su vida, acariciaba la idea de la Manifestación Mundial Contra la Existencia de las Armas en el Planeta (M.M.C.E.A.P). como una posibilidad real. Y se dormía por las noches inundado de una felicidad inmensa. La segunda idea que le rondaba por la cabeza era menos plausible, tan quimérica (sino más) como la de la Jornada Mundial del Silencio. Era precisa la creación de un Cuerpo de Bomberos Destinados a Quemar el Dinero (C.B.D.Q.D). Sí. Habéis imaginado bien. La idea se inspiraba en la mítica novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en que el autor imaginó un mundo futuro, terrible y desolador, donde los bomberos tenían por función en lugar de apagar incendios quemar todos los libros. ¿Por qué no quemar en su lugar todo el dinero del mundo?
     Imaginemos un mundo sin armas y sin dinero. No lo podemos negar: se abre ante nosotros un abismo de silencio. Imaginar un mundo sin armas y sin dinero es imaginar el no-mundo, una especie de abismo insondable, inconcebible e inefable. Pero dejemos las hipérboles aparte. Imaginemos de verdad. Algunos lo considerarían como un trágico retorno a la Edad de Piedra, a la Época del Pleistoceno. Otros, como nuestro querido soñador viajero, lo consideraría como un retorno al paraíso. 
     Obviamente hay algunas cuestiones logísticas que habría que considerar, como por ejemplo que todas las armas del mundo y todo el dinero del mundo fueran destruidos a la vez, con total equidad. Si ello fuera posible (ya sabemos que no lo es), ¿qué ocurriría? 
    El soñador errante meditaba sobre todas estas cuestiones cuando se dio cuenta de que el sol empezaba ya a ocultarse por detrás de los edificios. Miró por última vez el inmenso tronco del árbol cuyas raíces sobresalían de la tierra y sobre las que ahora yacía sentado un niño, y se levantó. 
     Aquella tarde de domingo las calles no estaban especialmente vacías. Ardía sobre las hojas de los árboles un sol de mediados de otoño y las personas que se cruzaba por la calle sonreían. Sin saber hacia dónde dirigirse, ni cuál era el siguiente paso a seguir, tomó la bolsa con el cuaderno y el par de libros que siempre lo acompañaban, y se perdió calle arriba, hacia un nuevo lugar, una nueva historia, otro destino.


Cuento escrito en Milán en el 2018 publicado en "Cuentos breves y extraños como la vida misma", 2020

sábado, 19 de febrero de 2022

Árboles. Silencios.


Hablan los árboles 
de un tiempo
que ya se ha ido.

Algo perdido
pero no olvidado.

Desnudez de cascadas en la noche
grito silencioso en las hojas
que se deslizan
mecidas al viento 
de amanecer interminable, 
sin destino.

Lloran los árboles como las hojas
que lentamente caen en otoño
y al desprenderse de las ramas
abandonan una vida
para ser otra.
 


 

lunes, 24 de enero de 2022

En casa con un gato y una mariposa

    

        Han pasado diez días desde que llegué aquí. Es un lugar acogedor y solitario. Tengo por única compañía un gato blanco. Ayer descubrí otra presencia inesperada: una mariposa nocturna que se esconde en diversos rincones de la casa. Aparece y desaparece para volver a aparecer cuando menos te lo esperas. La he invitado a salir pero no quiere. Imagino que se siente mejor en el calor del hogar. El gato vigila mi sueño todas las noches. Lo veo sentado, como un guardián, cuando en la agitación me despierto de repente. Es una presencia protectora. Tiene los ojos azules y profundos, y su mirada atraviesa los objetos como si pudiera escrutar su interioridad. Y también las personas... 
    Me he acostumbrado a estas humildes compañías. No hablamos. Pero a veces creo que nos comunicamos nuestros secretos más profundos
       Existe una suerte de calma aquí. Ha pasado la agitación de los primeros días y aceptar esta condición de encierro ha traído una gran paz. Serenidad. 
    Paso los días leyendo pasajes de la Biblia, meditando, escuchando adagios y escribiendo a máquina cartas absurdas, sin destino. Como los antiguos. Me gustan este silencio y esta quietud, aunque reconozco que en algún momento me han llegado a resultar insoportables.
       Quizá la escritura sea para mí una forma de amor. Una forma en la que darse y producir cambios internos, conocer horizontes inexplorados... Es una forma de coser las heridas que el tiempo ha inyectado en mi piel. 
        El gato duerme profundamente. A la mariposa no he vuelto a verla desde ayer.
      Se despierta de pronto en mí un deseo de volar, de elevarme hacia paisajes interiores, no por ello menos reales que los que veo en realidad. Es cierto que escuchar música estimula este proceso.  Veo un árbol amarillo en el centro de un prado. Es un árbol incendiado por los colores del otoño. En el prado no hay prácticamente nada. Un gato blanco descansa a los pies del árbol. En el cielo hay cúmulos que se recortan con nitidez. El cielo se tiñe de un color anaranjado. "Quisiera ser cuerpo, más y más cuerpo, para poder ser los colores que veo", dice una voz. Luego se escucha un ladrido per no aparece ningún perro.  
       De pronto me doy cuenta de que el gato ha ladrado. Me levanto y voy hasta la habitación. Compruebo con alivio que duerme todavía. Quizá haya visto yo lo que él ha soñado. Es difícil saberlo. Por un momento he dejado de oír la música. Ahora las notas, que cesan, me acarician los oídos y siento que pronto será posible volver a respirar. La mariposa atraviesa la puerta y se posa lentamente sobre el lomo del gato adormecido.   
     

       

sábado, 8 de enero de 2022

Redescubrir del mundo




Redescubrir el mundo 
cuando todo ha estado
 muerto y adormecido.

El vuelo de una gaviota
y el resplandor dorado
a través de los pórticos.

Redescubrir el mundo 
con ojos nuevos y brillantes
con la luz de quien persigue
un rastro de vida
alumbrado por los rayos del sol
que han rasgado la niebla.




miércoles, 29 de diciembre de 2021

Serenidad

 Serenidad silenciosa

en la niebla del mediodía.


Nieve blanca en las manos

templadas

que buscan sin perseguir

una sonrisa, un rastro, 

una casa.


Canciones como susurros

en el fondo de las pupilas 

ardientes de lluvia, 

de suavidad.


Dolor sosegado, 

tranquilo.


martes, 28 de diciembre de 2021

Alas

El vuelo de un ave en la noche

corta la niebla con sus alas,

espadas en la espesura

que abren brechas de luz

y disipan las sombras

hacia otras mañanas,

en la calidez suave 

de nuevos rayos de sol.