lunes, 24 de enero de 2022

En casa con un gato y una mariposa

    

        Han pasado diez días desde que llegué aquí. Es un lugar acogedor y solitario. Tengo por única compañía un gato blanco. Ayer descubrí otra presencia inesperada: una mariposa nocturna que se esconde en diversos rincones de la casa. Aparece y desaparece para volver a aparecer cuando menos te lo esperas. La he invitado a salir pero no quiere. Imagino que se siente mejor en el calor del hogar. El gato vigila mi sueño todas las noches. Lo veo sentado, como un guardián, cuando en la agitación me despierto de repente. Es una presencia protectora. Tiene los ojos azules y profundos, y su mirada atraviesa los objetos como si pudiera escrutar su interioridad. Y también las personas... 
    Me he acostumbrado a estas humildes compañías. No hablamos. Pero a veces creo que nos comunicamos nuestros secretos más profundos
       Existe una suerte de calma aquí. Ha pasado la agitación de los primeros días y aceptar esta condición de encierro ha traído una gran paz. Serenidad. 
    Paso los días leyendo pasajes de la Biblia, meditando, escuchando adagios y escribiendo a máquina cartas absurdas, sin destino. Como los antiguos. Me gustan este silencio y esta quietud, aunque reconozco que en algún momento me han llegado a resultar insoportables.
       Quizá la escritura sea para mí una forma de amor. Una forma en la que darse y producir cambios internos, conocer horizontes inexplorados... Es una forma de coser las heridas que el tiempo ha inyectado en mi piel. 
        El gato duerme profundamente. A la mariposa no he vuelto a verla desde ayer.
      Se despierta de pronto en mí un deseo de volar, de elevarme hacia paisajes interiores, no por ello menos reales que los que veo en realidad. Es cierto que escuchar música estimula este proceso.  Veo un árbol amarillo en el centro de un prado. Es un árbol incendiado por los colores del otoño. En el prado no hay prácticamente nada. Un gato blanco descansa a los pies del árbol. En el cielo hay cúmulos que se recortan con nitidez. El cielo se tiñe de un color anaranjado. "Quisiera ser cuerpo, más y más cuerpo, para poder ser los colores que veo", dice una voz. Luego se escucha un ladrido per no aparece ningún perro.  
       De pronto me doy cuenta de que el gato ha ladrado. Me levanto y voy hasta la habitación. Compruebo con alivio que duerme todavía. Quizá haya visto yo lo que él ha soñado. Es difícil saberlo. Por un momento he dejado de oír la música. Ahora las notas, que cesan, me acarician los oídos y siento que pronto será posible volver a respirar. La mariposa atraviesa la puerta y se posa lentamente sobre el lomo del gato adormecido.   
     

       

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