sábado, 27 de agosto de 2016

Ezio Bosso y Arvo Pärt


      Ezio Bosso y Arvo Pärt nos enseñan una misma cosa: que en música hacen falta pocas notas para crear una pieza magistral y que su repetición aparente, si se aumenta progresivamente en calidad e intensidad, hace que el sonido nazca desde un lugar que es siempre nuevo.

https://www.youtube.com/watch?v=kNWX_XWsNYY

https://www.youtube.com/watch?v=nS0FPVOU5e0


jueves, 18 de agosto de 2016

¿Quién hace o cómo se hace la historia?

Es poco, muy poco, apenas nada, lo que sabemos acerca del decurso del tiempo y de nuestro paso por esta vida. Nacemos, crecemos, algunos nos reproducimos, y nos morimos. La mayoría, acabamos ejerciendo una profesión, con un horario más o menos estable que nos proporciona una mayor o menor satisfacción, formando una familia, y más o menos asentados en una rutina que nos otorga un mínimo de orden y seguridad. Rutina sin la cual gozaríamos de tal libertad que viviríamos sumidos en el caos y nuestra existencia se tornaría probablemente tan angustiosa que difícilmente podríamos soportarlo. Vivimos sometidos a reglas y normas y gracias a esos límites, sobrevivimos ¿Pero quién hace la historia sino cada uno de nosotros en función del modo en que nos relacionamos con esas reglas y normas necesarias que nosotros mismos hemos creado? Y necesarias, lo son. Transgredirlas, si no se las tiene en cuenta y se las trata con sumo respeto, no es más que un movimiento estéril que no hace sino conducir a la dispersión. Pero esas reglas y normas son también la demarcación de un límite, de unos muros, por decirlo así, susceptibles de ser empujados con esfuerzo haciendo así posible que se amplíe nuestro horizonte de visión y que el modo de funcionar de nuestras sociedades cambie. Y es allí donde el artista, el auténtico artista, se sitúa y allí, justamente, donde se “hace” la historia.
Situarse en esos límites, es un riesgo del que  no siempre se sale ileso y que exige sacrificio, rigor, concentración y disciplina, puesto que basta salirse un poco de la línea para emborronar el cuadro. Situarse en ese límite es como recortar los contornos de  una silueta con unas tijeras y vaciar así a la invisible escultura de todos los añadidos que nos impiden verla, llámesele alma, espíritu, forma, imagen (bild), o lo que sea. Hacer “arte” por decirlo así, no es entonces más que mostrar algo que en realidad ya existe, pero que está lleno de añadidos que nos impiden ver sus contornos. Por lo tanto crear, en cierto sentido, es también “delimitar” y precisamente por ello solamente puede ser “creador” quien ha tenido el valor, o la simple necesidad imperiosa a la que se ha visto arrojado por la vida, de situarse más allá o más acá de dichos límites; lo que le proporciona una perspectiva externa, distanciada, que a su vez hace posible la visión de conjunto que lo “autoriza” a ese trabajo costoso de demarcación, delimitación de los contornos de lo que ve de un modo, hay que decirlo, intuitivo.  Por eso, tan importante es la ruptura y salida de los límites, como el retorno a ellos. La salida de los límites que supone una vuelta al caos primigenio donde el artista palpa el material necesario para su creación,  y la construcción mediante un trabajo diario, casi de forjador, de un centro que ayuda a ordenar y a concretar el caos. Y esa es seguramente la parte más meritoria y la más difícil puesto que no encontramos en ella ni el gozo que supone el hallazgo inesperado de la mina de oro, ni nos asegura tampoco que ese oro que creemos haber encontrado sea en verdad puro y tenga algún valor: ello a pesar de las horas y horas en las que uno se pelea con los muros de la mina bajo un sol de justicia.
Por eso un artista en nuestras sociedades es tan preciado, se le reconozca o no: es quien asume el riesgo de la pérdida, quien lleva consigo el dolor de un cuerpo arrojado cientos de veces contra un muro y la hiriente clarividencia que, mal canalizada, corre el peligro de arrastrarnos a la locura. Sobrevivir a todos esos peligros, salir ileso y con algo que ofrecer en las manos es, queridos amigos, casi un milagro.

                                 Maria Cucurella Miquel, 1 de enero del 2011

jueves, 11 de agosto de 2016

Del buen y el mal maestro

  
  Un mal maestro llega a un lugar desconocido y enseña. Un buen maestro llega a un lugar desconocido y aprende. Un maestro es alguien en quien enseñar y aprender casi no se distinguen. 

sábado, 30 de julio de 2016

Experiencia subacuática

           Marta se ha sumergido en el agua. Inicialmente iba a ser un baño normal: introducirse poco a poco en la superficie líquida, empezar a dar unas brazadas y, lentamente, iniciar una serie de movimientos de crol hasta realizar unas cuantas piscinas. Una vez concluidos, salir del agua, secarse y reemprender la misma operación al volver a sentir el calor.
            Pero esta vez ha sido distinto. En el momento en que se ha introducido en el agua Marta ha tomado conciencia súbita de la maravilla que supone encontrarse en el interior de este nuevo medio, ya conocido, pero que siempre puede sorprender. Se escuchaba un rumor de cigarras. Poco a poco el cuerpo se habituaba al nuevo medio, del que no siempre podemos admirarnos por culpa de la costumbre. En esta ocasión Marta se ha olvidado de que está acostumbrada a bañarse y se ha dejado sorprender por el hecho de poder arrojarse sobre su superficie y atravesarla. O permanecer en suspensión con los brazos rodeando las rodillas mientras sentía que algo, contrario a la fuerza de la gravedad, la impulsaba hacia arriba. Sin darse cuenta ha perdido el control. De pronto volvía a ser como una niña que entra, sale, se zambulle, toma aire, vuelve a sumergirse, da una voltereta y sale de nuevo a la superficie mientras contempla desde el fondo los rayos de sol. Marta ya no era la mujer de 35 años cansada de una vida estéril, sino aquella niña que jugaba durante horas en el jardín, olvidada de todos y de sí misma, escuchando el silencio que se comunica a través del murmullo del agua desde el fondo, notando la liquidez transparente en la que una se siente parte de un todo que la engloba y donde se despierta a su vez la capacidad de englobar el todo. Le parecía increíble poder ponerse del revés, en vertical, dejarse caer sin hacerse daño, nadar por debajo de la superficie realizando un movimiento con los brazos semejante al que realizarían los pájaros al cortar el aire con sus alas sobre el cielo.
            Y, de pronto, Marta se ha convertido en un embrión. Un embrión pequeñito en el vientre de su madre. Quieta. Inmóvil. Atenta solamente al ritmo de una suave respiración. Escuchando de lejos los sonidos remotos del exterior. Atenta. Expectante. Protegida y tranquila. Allí, en posición fetal, suspendida entre la superficie y el fondo, se sentía a punto de renacer de nuevo a la vida, parecía poder comenzar desde el principio como si todavía no hubiera pasado el tiempo, como si no existieran las heridas, como si no hubiera habido error. ¿Sería la muerte algo parecido? Ojalá. Un estado de libertad y no violencia. De seguridad e inseguridad al mismo tiempo, protegida por el agua que le da la vida y también insegura en una superficie que no es la habitual, a pesar de ser el medio más natural en nosotros. Ha recordado más tarde la anécdota que le explicó hace poco un amigo: que un bebé cuando nace, si se lo lanza directamente a una superficie líquida sabe nadar, mientras que si se dejan pasar unos segundos lo olvida…
            Marta ha perdido bajo el agua la conciencia del tiempo y del espacio. Ha bailado. Ha corrido. Ha nadado. Ha volado y ha cantado. Era otra, olvidada de todos y de sí misma, y era a la vez más ella misma que nunca. Sin límite espacial. Como un astronauta que acabase de colocar el pie sobre la luna y sintiese la ligereza de la falta de gravedad. Era agradable sentir el tacto frío del agua sobre la piel, notar la ausencia de límites entre ella y el espacio en el que estaba inmersa. Y sobre todo: girar, girar y girar. Colocarse del derecho y del revés. Hacer una vertical. Salir fuera, volver a girar. Nadar de todas las formas posibles. Ver su propia sombra en el fondo de la piscina. Salir y escuchar el cantar de los pájaros. Debajo, el silencio. Un silencio infinito, pero no estéril. Un silencio que le hablaba como hablan las pausas de la música en un baile contenido. Ha pensado en que le gustaría transformarse en águila, o en pez. Abandonar la contingencia y seguir dejándose llevar por ese nuevo estado de percepción. 
             Hasta que se ha cansando. Se ha dado cuenta de que todo aquello perseguía un estado de fusionalidad que era placentero pero que a su vez la alejaba de sí misma. Ha buceado una última piscina y ha salido del agua. Allí, bajo el calor tórrido del mediodía, ha sentido que su pie pisaba con más firmeza la tierra. Se sentía más ligera y más presente también. Como después de un sueño. De pronto era como si nada de todo aquello que ella había vivido de un modo tan extraordinario hubiera sucedido. Se ha secado. Se ha puesto los pantalones cortos y la camiseta. Ha recogido. Y poco a poco, en compañía de Gina que descansaba y leía, ha partido hacia un nuevo destino, renovada, pero como si nada de todo aquello hubiera sucedido.   

sábado, 23 de julio de 2016

Crolopoemas



Ascelpiones de ojos dorados
cantan selancios salados,
saldaduras de madera
con puertas y rejas abiertas
de mil flores en primavera.

Un águila ardiente en la brecha
de tantas tinturas de tierra
que lentamente esperaban
los curpuscaldos de piedra.

***

Scrituras de formentos fungientes
gentilezas de pasos ardientes
dementes en tentes de piedra
y rojas las hojas de tejas.

Cortejas, de dejas, bermejas.

Bracela de lateranciados
lanzan sus sueños saciados
en múltiples siluetas
de viejas maderas tequejas.


***

Curpulentos santilonciados
cantan sus casas huciados
por mil lágrimas de viento
que en el silencio cuasilogrado
dejaron los animascados,
danzando con mascarilentos.

***

Crantalimona la cara de sila
miraba hacia el sílex dorado
que se posaba en silencio
en el alma de un ángel osado.

***

Escaramuza zambucallida en el agua.
Zas! Zascandantando la casa
de una anilasca tridola
que de lococodrilo cremona. 

miércoles, 6 de julio de 2016

Cigarras


Las cigarras cantaban
una mañana en el desierto.

Búhos en la lejanía,
pasos de silencio.

Y en un rumor de aguas claras, 
vislumbro el rostro de un abuelo.

***

Pasos solitarios de fuego
mañana en el extranjero. 
Gritan incesantes cigarras, 
esculpen sonidos de viento
mientras suena la melodía
de un tiempo que parece muerto.

***

En las dunas de tu cuerpo
a veces dibujas sonrisas
que ven más allá del desierto
y en las miradas perdidas
descubren paisajes de invierno
que en lágrimas de deshielo
son escultoras de heridas.

***

Entre mil "noes" inciertos
negativas, puertas cerradas
apareció tímido un "sí",
un "sí" sin dolor que temblaba
como una hoja madura
al caer sobre tierra mojada.

***

Dolían en las entrañas
maderos de puertas cerradas.
Dignidades que no se perdieron
y el polvo en las sandalias
lentamente sacudieron.

En el ardor de una lágrima
el fuego en los ojos de fuego
desafiando las calles
que con dolores se abrieron.