lunes, 10 de noviembre de 2014

Espera


La espera cae lentamente 
entre los árboles del patio.




En la penumbra de tus sueños
vislumbras un horizonte inmaculado.

Has pensado algunas veces 
en abandonar los días.
Pero, de pronto, al caer la tarde
contemplas cómo 
se deshacen, tiernas, las hojas,
la luz dorada entre los árboles
y, de nuevo, respiras.




Entonces el tiempo ya no se dilata
ni se contrae, tampoco;
solamente el suspiro de la tarde
que como un viento acaricia
el llanto solitario de tus dedos
y una luna pálida, silenciosa
que mira.



Llegó la noche,
y la noche tendió su manto.

domingo, 19 de octubre de 2014

Al caer la tarde


Si la sombra del jardín
abandona tu silencio
y se abre paso entre el tiempo
esta espada luminosa,
ves emerger la figura
que habita dentro del mármol
sus contornos afilados
que ahora surcan
con sus reflejos dorados
tu transparencia y tu luz.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La flor del almendro


Has declinado el recuerdo
en la hoguera de la mañana.

Danzan largas avenidas
bajo un cielo esplendoroso
y mi imagen, tu sonrisa
traza un paisaje en el rostro.

Esperas a que luna
te convoque desde el fondo
pero la calidez del almendro,
la nieve de la avenida,
vuelven tu recuerdo hermoso.


No sempre, quan escrivim, sabem què volem dir, ni a qui o a què ens adrecem. Però de vegades el mateix procés d'escriptura pot ser aquell mapa que ens ajudi a descobrir-ho... Ho esperem!

lunes, 6 de octubre de 2014

Ser fiel



Fidelidad, acaba la jornada.
Danzan bajo la lluvia los silencios
y alegres navegan de noche las palomas.

He soñado que el horizonte se aplacaba,
que una tregua transformaba los días
como a veces transformo en sueños la palabras.

He visto cómo ardían tus entrañas
al tiempo que el color de la mañana,
¡cielos!, se reflejaba en tus pupilas.

Se prolongan los cantos en invierno
ahora que la tortuga silenciosa
desenvaina la espada
mientras un cántaro de azul plomizo
se disuelve ya entre las aguas.

Mientras tus ojos ahora en calma
miran el mar tras las cortinas
y la luz cálida de la mañana
se deshace en tu entraña, como espinas. 

sábado, 23 de agosto de 2014

Jordi Savall en Cadaqués


Hay otra manera de mantener la historia viva: la música. Tenemos la suerte de contar en nuestro país con la presencia del gran compositor, músico, musicólogo, director e intérprete Jordi Savall, que ha consagrado casi toda su vida junto a Montserrat Figueras (fallecida de un cáncer hacer pocos años) a interpretar músicas, algunas desconocidas, otras no tanto, de la Edad Media, del Barroco, del Renacimiento…
 Sentado frente al altar de la Iclesi de Santa Maria de Cadaqués, sin más acompañamiento que el de una tenue iluminación sobre su viola de Gamba, Jordi Savall se permite excepcionalmente hoy improvisar. Después de cada una de las piezas, que toca como si arrancase de un corte seco y enérgico las notas de las cuerdas del instrumento, pero limitándose a acariciarlas suavemente, Savall nos explica qué ha hecho. Nos habla de la pieza que ha tocado, de la afinación necesaria para cada una de ellas, del hecho de que se dispone a realizar una improvisación. 
En el momento en que empieza (he conseguido entrar en el concierto de puro milagro) siento enseguida su poderoso magnetismo y noto cómo sin quererlo soy conducida a un estado de concentración tal que me olvido de mí misma y de las personas que hay entorno. A veces una música, como un poema, un texto, un paisaje, una palabra dicha en el momento justo, nos remiten repentinamente a nuestra esencia. De pronto nos damos cuenta de que estábamos como olvidados de lo que realmente somos, y recordamos, con una familiaridad sorprendente, aquello que nunca hemos dejado de ser. Es lo mismo que se experimenta cuando uno se encuentra con un viejo amigo. Algo en nuestro interior se ablanda, al tiempo que nos estiramos, como si nos levantásemos de pronto de un extraño letargo. Escuchamos el sonido del arco sobre las cuerdas y sentimos la madera del instrumento que crepita, que se abre como un árbol y nos acoge dentro de sí a través de sus anillos que por fin nos conducen hasta el interior de la tierra desde la que volvemos a emerger con renovadas fuerzas y una conciencia más lúcida. A partir de aquel momento sabemos que no podemos sustraernos al hecho de que nos hemos hecho partícipes de lo que sucede aquí. Que no somos músicos, pero que en la recepción de esta música que repentinamente se ha abierto a nosotros, nos hemos transformado a su vez en instrumento que sigue ya unas órdenes precisas, que nos hacen más libres. Y de nuestro propio cuerpo emergen notas y melodías, nuestro cuerpo que ha abandonado ya su lugar erguido junto a una columna y se desplaza de un lugar a otro del tiempo y del espacio, en una suerte de danza. ¿Se habrá dado cuenta el compositor de nuestra participación silenciosa?
   De la columna vamos hasta las escaleras donde hay una mesa con CD’s y algún libro, donde leemos Pro Pacem. Allí están todos ellos: Antoni Tàpies, Raimon Panikkar, Fatema Mernissi, Edgar Morin, el propio Savall… Personas ejemplares que por su ejemplaridad, a pesar de hallarnos a millones de años luz de ellas, hacen que sintamos su familiaridad. Personas, humanas y defectuosas como todos, pero universales. Y esa universalidad nos alcanza en un nivel profundo, parece atravesar nuestro ser como un relámpago eléctrico. Somos la cuerda de un arco que ha sido tensado y que se dispone en breve a disparar la flecha que habrá de dar en el centro de una diana invisible. Pero ese centro es inalcanzable y la flecha permanece siempre en suspensión sobre la cuerda tensa. Siguen los movimientos. Los comentarios de Savall entre una pieza y otra parecen indicarnos que nada es arbitrario, y que nuestro movimiento es consecuencia directa de los del arco de la viola de gamba sobre las cuerdas. Pero no oponemos resistencia aun y a pesar de sabernos dirigidos.  Hay una firmeza y sequedad en el modo en que las notas suenan. Y esa misma sequedad nos lleva al piso superior de la iglesia, nos mueve a descender de nuevo, a tomar el libro en el que reconocemos muchas lenguas además de las románicas, hebreo, árabe…
Y por fin, ya al final, Savall decide en el segundo bis volver a realizar un pizzicato que nos recuerda con indudable claridad el momento en que hemos abandonado la columna sobre la que en un principio nos hemos apoyado y a la que regresamos cerrando así el círculo en señal de respeto a la armonía. Círculo que habremos de volver a abrir. 


La música de Savall es como un canal nuevo que se aparece para dar respuesta a muchos de nuestros enigmas. A través de la música, que es casi una liturgia pero de una complejidad mayor, es posible rescatar de una manera quizá todavía más viva y profunda el mensaje imperecedero de los místicos, que atraviesa los siglos y escoge a algunos servidores humildes y dispuestos, para sobrevivir, al tiempo que nos da la vida. Perceval, al final, se encuentra con Savall. Y entre uno y otro, sin que lo sepamos, toda la tradición trovadoresca. 

martes, 8 de julio de 2014

Fragmento de una ascensión al Teide

        El Teide es un volcán; corazón de una isla situada en pleno Oceáno Atlántico, tierra de formas y recovecos imposibles, fruto de la solidificación de la lava que en el momento repentino de la erupción atraviesa todas las capas de la tierra y el agua del océano, hasta emerger en el exterior como una enorme bola de fuego en dirección al cielo, precipitándose de nuevo al mar que la irá enfriando de nuevo hasta convertirla, con mano escultórica, en enormes pedazos multiformes que parecen haber sido desgajados de la tierra. Sus erupciones, al herir y atravesar la corteza terrestre cuyas raíces invisibles se encuentran sumergidas en las profundidades del mar, convertirían el líquido ardiente al solidificarse, en montañas que, reunidas en aquella zona del inmenso Océano, formaron las así llamadas Islas Afortunadas. Canarias, según supe después, no sería sino el nombre que se dio a estas islas-volcanes cuando dejaron de pertenecer al Imperio romano. Más tarde, ya en la Edad Media, llegarían a su costa los normandos, poco antes de su colonización por parte de los españoles, y llamarían guanches a sus habitantes; palabra formada por “guan”, que en la lengua originaria de canarias significa “hombre”, y “anache”, que quiere decir literalmente Isla que Retumba. Los guanches habrían sido así literalmente para los normandos los hombres de la isla que retumba.
            Pero lo verdaderamente impresionante de la isla de Tenerife era el hecho de que se podían ver, al desplazarse por su superficie, los distintos estratos temporales que la habían ido conformando, de erupción en erupción. Así, al llegar a una parte considerablemente elevada del Teide, sorprendía encontrarse con unas enormes piedras de color negro con forma de huevo que habían permanecido en la ladera, de una fina arena blanca, cuyo color revelaba una tierra-lava muy anterior a la de la enorme lengua negra que se extendía, magnífica y fabulosa a un tiempo, sobre su parte más elevada, como una suerte de monstruo que hubiera caído rendido, tras una interminable batalla, sobre su superficie. Más tarde supe que aquellos inmensos pedazos de roca negra eran producto de la lava que se había dispersado durante la última erupción, y habían quedado alejados y desgajados de su origen. Su forma ahuevada no parecía tener explicación, pero fácilmente podría haberse creído que se trataba de los fósiles de huevos de algún animal gigantesco, tal vez alado, y ya desde tiempos remotos en extinción. Sorprendía ver esos pedazos inmensos de piedra negra ahuevada sobre la arena blanca de la ladera, a lado y lado del camino, entre las piedras de lava rojiza y amarillenta entre las que se veía crecer, de vez en cuando, algún arbusto. Más tarde supe también que solían crecer por esa zona las llamadas flores de violeta, unas hermosas flores muy pequeñas, de ese mismo color, cuya fragilidad hacía que pareciera prácticamente imposible su existencia en aquel lugar. Pero allí, en medio de la aridez de lava negra, crecían sobreviviendo también ellas al paso del tiempo.
            Había recorrido ya un largo trayecto hasta alcanzar la zona en la que se extendían los múltiples huevos negros. Poco después, si se seguía avanzando por el mismo camino, se llegaba a una enorme pendiente pedregosa que según supe más tarde conducía a un refugio, y a la que regresaría después. Ese era el camino que debía tomarse si se quería llegar arriba del todo, pero consciente de la hora tardía y de que el último bus que habría de devolverme a la Orotava no tardaría en salir, tomé un pequeño desvío en vez de aventurarme a escalar por la pendiente pedregosa que configuraba el último tramo hasta la cima. A su lado había también un caminito perfectamente delimitado por piedras, muy estrecho, al final del cual se llegaba al culmen de ese tramo del Teide, al que llamaban la Montaña Blanca. El caminito conducía a una suerte de colina ondulada y, justo allí en aquel punto, parecía dividirse en dos direcciones opuestas, formando una suerte de Y que según descubrí al decidirme por uno de los dos tras un largo titubeo (¡como si mi destino estuviera en juego!) era en realidad el inicio de un círculo que envolvía el montículo juntándose los dos caminos que aparentemente formaban una disyuntiva, al otro lado. Y desde allí podían otearse las montañas multicolores del Teide y del Valle de la Orotava, que se extendían hacia un horizonte sin fin.

            Pues aquel horizonte no tenía fin. Si algo queda grabado para siempre en la memoria del viajero que pisa las arenas del Teide es la sensación de estar abocado a un paisaje infinito, de encontrarse en la cúspide de una duna desértica en medio de más y más dunas que se extienden hasta más allá de lo que alcanza la vista y se difuminan entre las nubes detrás de las cuales se deja entrever, tímidamente, alguna estrella. Allí, al borde de la inmensa duna de piedra, bajo un cielo descolorido y claro, se tiene la sensación de haber llegado al límite ilimitado de la tierra donde la fuerza de gravedad empieza a no tener ya prácticamente ninguna influencia y el cuerpo se sorprende extrañamente poco capacitado para retenernos. Allí, entre las piedras negruzcas que arden todavía a pesar del tiempo transcurrido, se siente la infinitud del cielo abierto y la liviandad de las lavas-nubes con aires extraterrestres que nos recuerdan la pequeñez de nuestro amable planeta y la escasa evolución de la especie... Y así permanecí largo rato frente a la nueva extensión de tierra y montaña, hasta el momento del descenso.

Extraído de De la Selva Negra a la Montaña Blanca, de una servidora (Barcelona, 2008)