miércoles, 11 de marzo de 2020

Respirar: un regalo


Escucho la quietud del agua transparente,
el canto de los pájaros que esperan
bajo un cielo sin nubes.

Se acerca la primavera.

Me pregunto cómo es posible
esta calma, este silencio,
el sol que derrama su rayos
sobre los campos hoy desiertos.

Esta quietud tan luminosa
convive con la angustia,
con la muerte.

No sé si nuestra libertad es justa
cuando a pocos metros de aquí
decenas de personas agonizan
y otras tantas arriesgan 
la propia vida.


Miles de personas mueren 
en el planeta cada año
por causas inhumanas e injustas.

Pero ocurre que el sufrimiento,
cuando es sólo un eco lejano,
resbala por la piel endurecida
y aun cuando se hace más cercano
no permitimos que nos toque,
hasta que nos va nuestra vida.

Y decimos: "somos humanos."

No merece llamarse humanidad
quien aun goza del sol,
del agua fresca y transparente
bajo un cielo azulado,
sin sentir en el pecho el dolor
por la sangre que otros han derramado.

martes, 10 de marzo de 2020

Días de gris dorado. Un cuento.




Calles grises, muros grises, rostros grises. De un día para otro todo se volvió gris. Las aceras cenicientas se vaciaron de ancianos, de jóvenes y de niños, y en los parques no quedaba más que un alma solitaria que paseaba a los perros. Tarde o temprano tenía que llegar. No estaba escrito, pero podría haberlo estado. En los rincones de las calles, los gatos maullaban mientras devoraban los restos de la comida del día anterior. Los papeles se arremolinaban en la calzada empujados por el viento y la angustia se adentró sigilosa a través de las ranuras de las casas.
Pero no todo era angustia y temor. En algunos rincones los corazones todavía latían, y las pupilas brillaban junto al fuego con ardor. Eran los supervivientes. Aquellos que conservaban la capacidad de contar y escuchar historias, de cantar canciones alegres o tristes junto al fuego. Eran los menos modernos, los apartados de la sociedad. Vivían en casas de madera que habían sido construidas junto al bosque. Se nutrían unos a otros de historias y de leyendas y llenaban las palabras de música y de calor.
Pasaron meses. Parecía imposible observar el final de aquel letargo que tenía apresados en sus casas a todos los habitantes de la ciudad. Algunos se perdieron por el camino. Sucumbieron a la locura y a la angustia, y su temor llenó sus casas de sombras que nunca antes habían visto. Pero la mayor parte sobrevivió. La mayor parte consiguió permanecer como soldados en aquel exilio de sí, aquel encierro al que habían sido condenados de un día para otro sin quererlo. El encierro les trajo regalos. Regalos nuevos e inesperados: caricias de las que no se creían capaces, sentimientos de cercanía, aunque los seres amados estuvieran distantes, y un profundo deseo de solidaridad: la convicción de que todos eran miembros de un mismo cuerpo, que había que sanar. Y se sanaban unos a otros luchando contra un único mal.
Fue el único momento de la historia en que los humanos se unieron para combatir por lo mismo. Había un enemigo común, y aquel enemigo no eran otros humanos. No era una lucha de poder: era una lucha por la vida. Y preservar la vida del otro, era preservar la tuya, la mía. Por eso todo cambió. Por eso lentamente nació un entendimiento extraño entre los hombres y las mujeres, donde el sufrimiento dejó de ser ajeno y desconocido y pasó a ser algo familiar. Algo compartido, como se comparte por todo el cuerpo el dolor de una herida en la piel. Y de esa herida empezaron a manar nuevas ideas, nuevas formas de sociedad, nuevos modos de administrar los recursos de la tierra. Otra manera de amar.  Quienes no supieron o no pudieron hacerlo sucumbieron a la enfermedad. Otros permanecieron, pero perdieron a sus seres queridos. Muchos aprendieron a amar, y perdieron igualmente a sus seres queridos, o sucumbieron ellos mismos a la enfermedad: pero en sus corazones la vida todavía latía como un fuego junto a la playa en una calurosa noche de san Juan.
Y ese es el fuego que brilla todavía. El mismo que brillaba ya hace tantos milenios y que muchos creían enterrado. Ese fuego que parecía haberse extinguido, desproveyendo a los humanos de lucidez e inteligencia, volvió a prender como un incendio en un bosque de encinas secas, en pleno verano, y de aquella devastación, nacieron árboles nuevos, el suelo se volvió fértil y fuerte, y los frutos que nacieron de los árboles nuevos, venían cargados de luz y de deseos, de sueños que iluminaron las mentes de los niños y proyectaron un nuevo futuro para la humanidad. Un futuro que desconocemos, pero que está en nuestras manos. En las mías, en las tuyas, en las del desconocido con quien me cruzo cada día en el supermercado. De lo que tu decidas, de lo que decidamos todos individualmente, a cada instante, depende la construcción, o no, de una nueva comunidad. Es una oportunidad preciosa que puede ayudarnos a encontrar, si realmente lo queremos, desde el corazón del infierno, un nuevo paraíso.


lunes, 2 de marzo de 2020

¿Spiritualità?


     Il cammino spirituale è faticoso e difficile. Diffidate di chi vi propone delle soluzioni facili e immediate. Prendetele se volete e vi fa del bene, ma non chiamatele spiritualità. Per rispetto a chi veramente è in cammino. 

viernes, 7 de febrero de 2020

Il coro: un luogo di crescita




Perché il coro è un luogo di crescita, oltre ad essere un’occasione unica e preziosa per partecipare, nel nostro piccolissimo, dalla musica dei più grandi?
È un luogo di crescita perché avere nel centro questo tesoro che è la musica, come un fuoco acceso sotto le stelle in una sera d’estate, ci mantiene uniti nella diversità. Siamo in tanti, tutti diversi. Ci conosciamo pochissimo, con molti, un po’ di più, con qualcuno. Ma ogni incontro, ogni prova, ogni concerto, diventa un’occasione per fare diventare i nostri limiti un po’ meno stretti. È un’occasione per vedere e superare le nostre paure, per imparare ad esserci, sia per noi stessi che per gli altri, in un modo diverso da quello a cui siamo abituati.
Per me questo coro sta diventando quasi come un camminare insieme, dove anche quando non ci si vede, anche quando non sempre si condivide, si rimane comunque uniti in un luogo invisibile. Ciò è possibile grazie alla musica, ma lo è soprattutto grazie alla generosità dei nostri cari maestri, Roberto ed Antonella, che attraverso la loro passione ci offrono qualcosa in più, senza cui la musica in sé avrebbe molto meno valore: il loro affetto e la loro umanità.
Io vorrei ringraziare il loro coraggio, il loro spingersi sempre oltre all’aspetto meramente formale della musica, per renderla viva, dinamica, vera, anche attraverso le nostre imperfezioni. Ma è proprio perché non siamo dei musicisti perfetti, ma dei perfetti amanti della musica, che ciò diventa possibile, e in ciò si nasconde quello che il nostro coro ha di più prezioso ed unico. Oltre alle diverse conoscenze musicali di ognuno, oltre all’età, dai giovanissimi agli anziani quasi saggi, rimane la passione di scoprire ed imparare sempre qualcosa di nuovo, di conservare quello stupore dei bambini che proprio perché non sanno, possono imparare ad ogni momento e rimanere curiosi ed aperti.
Voglio ringraziare i maestri ma voglio ringraziare anche tutti i membri del Coro Livia d'Arco di Mantova, perché ognuno è importante, ognuno ha qualcosa da offrire agli altri che nessun altro potrebbe offrire al posto suo, e ciò si riflette nella voce di ognuno. Grazie alla condivisione nella diversità, ma soprattutto grazie al lavoro che facciamo tutti insieme e ognuno singolarmente, la nostra unicità di persone trova pian piano una strada attraverso la voce, e ciò, oltre a renderci unici, ci restituisce anche la nostra dignità.

Un grande GRAZIE!!!