Este es un espacio para compartir escritos breves, reflexiones, testimonios de experiencias vividas, relatos o incluso algún poema ocasional... A este blog lo acompañará otro de la misma autora titulado "Pensar con otros", destinado a textos que, a diferencia de lo que sucede aquí, nacen de la lectura de otros textos o del visionado de películas o exposiciones. BLOG PROTEGIDO POR COPYRIGHT.
miércoles, 18 de marzo de 2020
miércoles, 11 de marzo de 2020
Respirar: un regalo
Escucho la quietud del agua transparente,
el canto de los pájaros que esperan
bajo un cielo sin nubes.
Se acerca la primavera.
Me pregunto cómo es posible
esta calma, este silencio,
el sol que derrama su rayos
sobre los campos hoy desiertos.
Esta quietud tan luminosa
convive con la angustia,
con la muerte.
No sé si nuestra libertad es justa
cuando a pocos metros de aquí
decenas de personas agonizan
y otras tantas arriesgan
la propia vida.
Miles de personas mueren
en el planeta cada año
por causas inhumanas e injustas.
Pero ocurre que el sufrimiento,
cuando es sólo un eco lejano,
resbala por la piel endurecida
y aun cuando se hace más cercano
no permitimos que nos toque,
hasta que nos va nuestra vida.
Y decimos: "somos humanos."
No merece llamarse humanidad
quien aun goza del sol,
del agua fresca y transparente
bajo un cielo azulado,
sin sentir en el pecho el dolor
por la sangre que otros han derramado.
martes, 10 de marzo de 2020
Días de gris dorado. Un cuento.
Calles
grises, muros grises, rostros grises. De un día para otro todo se volvió gris.
Las aceras cenicientas se vaciaron de ancianos, de jóvenes y de niños, y en los
parques no quedaba más que un alma solitaria que paseaba a los perros. Tarde o
temprano tenía que llegar. No estaba escrito, pero podría haberlo estado. En
los rincones de las calles, los gatos maullaban mientras devoraban los restos
de la comida del día anterior. Los papeles se arremolinaban en la calzada
empujados por el viento y la angustia se adentró sigilosa a través de las
ranuras de las casas.
Pero
no todo era angustia y temor. En algunos rincones los corazones todavía latían,
y las pupilas brillaban junto al fuego con ardor. Eran los supervivientes.
Aquellos que conservaban la capacidad de contar y escuchar historias, de cantar
canciones alegres o tristes junto al fuego. Eran los menos modernos, los
apartados de la sociedad. Vivían en casas de madera que habían sido construidas
junto al bosque. Se nutrían unos a otros de historias y de leyendas y llenaban
las palabras de música y de calor.
Pasaron
meses. Parecía imposible observar el final de aquel letargo que tenía apresados
en sus casas a todos los habitantes de la ciudad. Algunos se perdieron por el
camino. Sucumbieron a la locura y a la angustia, y su temor llenó sus casas de
sombras que nunca antes habían visto. Pero la mayor parte sobrevivió. La mayor parte consiguió
permanecer como soldados en aquel exilio de sí, aquel encierro al que habían
sido condenados de un día para otro sin quererlo. El encierro les trajo
regalos. Regalos nuevos e inesperados: caricias de las que no se creían
capaces, sentimientos de cercanía, aunque los seres amados estuvieran
distantes, y un profundo deseo de solidaridad: la convicción de que todos eran miembros
de un mismo cuerpo, que había que sanar. Y se sanaban unos a otros luchando
contra un único mal.
Fue
el único momento de la historia en que los humanos se unieron para combatir por
lo mismo. Había un enemigo común, y aquel enemigo no eran otros humanos. No era
una lucha de poder: era una lucha por la vida. Y preservar la vida del otro,
era preservar la tuya, la mía. Por eso todo cambió. Por eso lentamente nació un
entendimiento extraño entre los hombres y las mujeres, donde el sufrimiento
dejó de ser ajeno y desconocido y pasó a ser algo familiar. Algo compartido,
como se comparte por todo el cuerpo el dolor de una herida en la piel. Y de esa
herida empezaron a manar nuevas ideas, nuevas formas de sociedad, nuevos modos
de administrar los recursos de la tierra. Otra manera de amar. Quienes no supieron o no pudieron hacerlo
sucumbieron a la enfermedad. Otros permanecieron, pero perdieron a sus seres
queridos. Muchos aprendieron a amar, y perdieron igualmente a sus seres queridos,
o sucumbieron ellos mismos a la enfermedad: pero en sus corazones la vida
todavía latía como un fuego junto a la playa en una calurosa noche de san Juan.
Y
ese es el fuego que brilla todavía. El mismo que brillaba ya hace tantos
milenios y que muchos creían enterrado. Ese fuego que parecía haberse
extinguido, desproveyendo a los humanos de lucidez e inteligencia, volvió a
prender como un incendio en un bosque de encinas secas, en pleno verano, y de
aquella devastación, nacieron árboles nuevos, el suelo se volvió fértil y
fuerte, y los frutos que nacieron de los árboles nuevos, venían cargados de luz
y de deseos, de sueños que iluminaron las mentes de los niños y proyectaron un
nuevo futuro para la humanidad. Un futuro que desconocemos, pero que está en
nuestras manos. En las mías, en las tuyas, en las del desconocido con quien me
cruzo cada día en el supermercado. De lo que tu decidas, de lo que decidamos
todos individualmente, a cada instante, depende la construcción, o no, de una
nueva comunidad. Es una oportunidad preciosa que puede ayudarnos a encontrar,
si realmente lo queremos, desde el corazón del infierno, un nuevo paraíso.
lunes, 2 de marzo de 2020
¿Spiritualità?
Il cammino spirituale è faticoso e difficile. Diffidate di chi vi propone delle soluzioni facili e immediate. Prendetele se volete e vi fa del bene, ma non chiamatele spiritualità. Per rispetto a chi veramente è in cammino.
viernes, 7 de febrero de 2020
Il coro: un luogo di crescita
Perché il coro è un luogo di crescita, oltre ad essere un’occasione
unica e preziosa per partecipare, nel nostro piccolissimo, dalla musica dei più
grandi?
È un luogo di crescita perché avere nel centro questo
tesoro che è la musica, come un fuoco acceso sotto le stelle in una sera d’estate,
ci mantiene uniti nella diversità. Siamo in tanti, tutti diversi. Ci conosciamo
pochissimo, con molti, un po’ di più, con qualcuno. Ma ogni incontro, ogni prova,
ogni concerto, diventa un’occasione per fare diventare i nostri limiti un po’
meno stretti. È un’occasione per vedere e superare le nostre paure, per imparare
ad esserci, sia per noi stessi che per gli altri, in un modo diverso da quello
a cui siamo abituati.
Per me questo coro sta diventando quasi come un camminare
insieme, dove anche quando non ci si vede, anche quando non sempre si
condivide, si rimane comunque uniti in un luogo invisibile. Ciò è possibile
grazie alla musica, ma lo è soprattutto grazie alla generosità dei nostri cari
maestri, Roberto ed Antonella, che attraverso la loro passione ci
offrono qualcosa in più, senza cui la musica in sé avrebbe molto meno valore:
il loro affetto e la loro umanità.
Io vorrei ringraziare il loro coraggio, il loro spingersi
sempre oltre all’aspetto meramente formale della musica, per renderla viva, dinamica,
vera, anche attraverso le nostre imperfezioni. Ma è proprio perché non siamo
dei musicisti perfetti, ma dei perfetti amanti della musica, che ciò diventa
possibile, e in ciò si nasconde quello che il nostro coro ha di più prezioso ed
unico. Oltre alle diverse conoscenze musicali di ognuno, oltre all’età, dai
giovanissimi agli anziani quasi saggi, rimane la passione di scoprire ed
imparare sempre qualcosa di nuovo, di conservare quello stupore dei bambini che
proprio perché non sanno, possono imparare ad ogni momento e rimanere curiosi ed
aperti.
Voglio ringraziare i maestri ma voglio ringraziare anche tutti i membri del Coro Livia d'Arco di Mantova, perché ognuno è importante, ognuno ha qualcosa da offrire agli altri che
nessun altro potrebbe offrire al posto suo, e ciò si riflette nella voce di
ognuno. Grazie alla condivisione nella diversità, ma soprattutto grazie al
lavoro che facciamo tutti insieme e ognuno singolarmente, la nostra unicità di
persone trova pian piano una strada attraverso la voce, e ciò, oltre a renderci
unici, ci restituisce anche la nostra dignità.
Un grande GRAZIE!!!
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