Este es un espacio para compartir escritos breves, reflexiones, testimonios de experiencias vividas, relatos o incluso algún poema ocasional... A este blog lo acompañará otro de la misma autora titulado "Pensar con otros", destinado a textos que, a diferencia de lo que sucede aquí, nacen de la lectura de otros textos o del visionado de películas o exposiciones. BLOG PROTEGIDO POR COPYRIGHT.
jueves, 10 de octubre de 2019
Libertad (II)
Los designios de Dios no pueden controlarse con la mente, aunque el intelecto nos sirva...
domingo, 29 de septiembre de 2019
Tramonto
all'ombra della montagna.
La spiaggia degli alberi
sopra il verde giallastro
come sabbia dorata
inquietante e ignota
di un deserto lontano.
Quiete senza riflesso,
il cielo sotto l'acqua.
jueves, 26 de septiembre de 2019
Libertad
Prefiero un ser humano responsable
que un dios omnipotente,
porque la divinidad se manifiesta
más nítida e intensamente
en un ser humano libre
que en un esclavo de sus ídolos.
Por lo mismo prefiero
a un profano sensible
y con sentido ético
que a un maestro espiritual
preso de las leyes que dicta
su propio intelecto.
lunes, 9 de septiembre de 2019
Gotas de lluvia
Es
tarde y aún no he escrito una sola línea.
He
querido cerrar los ojos, pero el rumor de la lluvia, constante, como un canto
silencioso y nocturno, me invita a regresar a la pluma.
Un
sueño inmenso se abre: el sueño de la literatura. Recién finalizado el Festival
debo asimilar todavía toda esta inmensidad, esta belleza, esta vía enorme e
infinita como un gran canal de color blanco que nos trae agua del cielo.
En
mi pecho late una luz que no se apaga. Mi mirada se sumerge en un interior rico
de imágenes que señalan la trayectoria de una nueva aventura de palabras.
Sueños,
tejidos.
No
estamos solos cada vez que encontramos el coraje de nominar lo que vemos.
Los
humanos tenemos esta libertad: generamos realidades, mundos paralelos, y esas
realidades que construimos constituyen lo que llamamos Realidad.
Cambio
constante, dinamismo, escucha.
Silencio
que habla y nos mantiene en una actitud de espera, que es esperanza.
Lo
realmente interior, lo que llamamos divino, es radicalmente abierto. Encuentra
su lugar mejor habitable en las calles, los bancos de las plazas, el ágora de
la ciudad. El lugar donde todos se encuentran y donde todos inevitablemente
cruzan miradas, conscientes de que ningún secreto existe en las almas que no
esté destinado a salir a la luz. Y así nos alumbramos las sombras unos a otros,
custodiando el secreto que nos mantiene unidos y que señala lo específico de
nuestra condición. Porque lo mejor del lenguaje consiste precisamente en lo que
no puede ser dicho, aquello que las palabras cercan.
Ese
es quizá el mayor milagro del arte y de la literatura: que mientras existan la
historia y el tiempo, el secreto seguirá siempre desvelándose, sin llegar a ser
nunca desvelado. Hasta que desaparezca el misterio y con él esta condición
actual de la existencia.
Eso
es humanidad: desvelar y desvelarnos unos a otros hasta quedar completamente
desnudos. Y esa desnudez conquistada con sudor, sangre y esfuerzo, no será la
desnudez pudorosa e infantil del paraíso. Será la desnudez de una conciencia limpia:
inocencia consciente.
Así,
nos queda solo aprender a usar cada vez mejor las palabras, en beneficio del
otro en que cada uno se reconoce, a pesar de seguir respetando en él todo el
espacio “no conocido” que lo habita, todo lo aún por conocer (que no es lo
mismo que desconocido)
El
gato se sienta frente al cristal de la ventana y la lluvia apaga lentamente su
relampagueante sonido. La mente clara, el cuerpo cansado y todavía sediento,
una luz en las pupilas y las ganas irrefrenables de volver a colmar los días,
de poder perpetuar en ellos este sueño salado y dulce…
viernes, 6 de septiembre de 2019
Lluvia de septiembre
Nubes blancas de acero
han caído
sobre el suelo de paja.
La lluvia ya no suena.
Habla.
viernes, 26 de julio de 2019
Oro en el pecho
Todavía
no saben
que en el
fondo de mi pecho
hay una
mina de oro.
Si lo
supieran
no me
tratarían así.
Pero es
precisamente ese
el motivo
por el cual
yo lo
escondo.
Porque si
lo supieran
mi oro se
fundiría
como los
glaciares
con el exceso
de calor
inundando
la tierra,
desbordando
los cauces
de sus
ríos.
Quizá
entonces la tierra
se bañaría
de oro
pero sería
oro esparcido
y, por lo
tanto,
carente de
valor.
Sería,
seguramente, bonito.
Muchos
estarían contentos.
Pero
sería un gran error.
Porque el
oro que habita
en el
centro secreto de mi pecho
solamente
puede expandirse
si alguien
sabe tirar del hilo.
Solamente
da fruto
si permanece
escondido
y si
alguien con la mirada transparente
llama con
golpes suaves y sinceros
a la pequeña
puerta que lo alberga.
Entonces
sí.
Entonces,
si estira del hilo,
brotarán de
esa fuente
maravillosos
vestidos
con los
que vestir
a una
humanidad
más digna
que se
habrá hecho capaz
de vislumbrar
un resplandor dorado
en nuestras miserables pupilas.
El amigo
El sol de
la medianoche
bañaba los
campos de hielo.
Zumbidos
de abeja
anunciaban
un nuevo mundo
mientras veíamos
abrirse
las cortinas
y el aire
caliente
de unas alas
cubría de
espinas la tierra.
Ocurrió
una mañana cualquiera.
Una mañana
en que las calles,
normalmente
solitarias,
se llenaron
de ruido.
Ruido que
rebotaba en las paredes
y nos
mecía con sus ecos
despertándonos
de un
sueño profundo.
Fue al
levantarme cuando lo vi.
Estaba
sentado en el suelo,
un rostro
cubierto de arrugas
la sonrisa
sin dientes
y una
chispa de locura en los ojos.
Sonreía
como quien sonríe a la muerte.
Sonreía
como quien ve a su único amigo
antes de
despedirse
y desprenderse
para siempre
del manto
de los días.
Enseguida
lo reconocí.
Aquel azul
intenso en las pupilas
aquella expresión
mustia y luminosa
su piel
de ceniza tostada por el sol.
Me saludó
con un silencio antiguo.
No se
movía.
Sentado
sobre la acera veía
pasar
camiones y bicicletas
mientras nuestra
ciudad
se
despertaba del verano
y regresaba,
de nuevo, a la actividad.
Porque en
verano aquello era un desierto
y él lo
pasaba en soledad
a la
sombra de un árbol en la esquina
sobre las
calles asfaltadas y ardientes
sobre la
arena blanca de una plaza
bajo la
estatua de Bach.
Me miró
como
no me
había mirado todavía,
con la
conciencia secreta de un final
y la
esperanza de un nuevo inicio.
Yo lo
reconocí.
Reconocí
su mueca gastada
y sus
ganas de dejar definitivamente el mundo
aunque la
vida latía fuertemente en su pecho.
Lo vi
mustio y sombrío
como no
lo había visto nunca
en
invierno.
Y en
aquella última sonrisa
que en
realidad escondía
una mueca
de dolor
reconocí el
gesto noble de los amigos
de los
que permanecen siempre
a pesar
de las sombras
y de los
siglos.
A pesar
de una triste condición.
Y aquella
mañana
lo vi
apagarse para siempre.
Hoy
alguien ha puesto
un banco
de piedra
en su
lugar.
Un banco
hermoso
como hermosos
son siempre
los bancos
antiguos,
donde a
veces me siento
y leo distraídamente
algún libro.
O escribo
poemas que,
como este,
carecen
de sentido
y de
dirección.
Y me
acuerdo del modo
que tenía
de mirarme
y me digo
que
muy en el
fondo
Él todavía
sigue aquí,
esperándome
delante de
mi casa
para invitarme
a la suya.
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